¿Los obreros
tienen patria?

Kepa Bilbao
(hika, nº7, junio 1991)

El compendio de artículos y charlas publicado recientemente por el compañero Bikila bajo el título ¿Los obreros tienen patria? (editorial Gakoa, 1991), me ha producido una valoración doble, contradictoria. Una, vamos a decir, coincidente en términos generales en cuanto a las conclusiones políticas que extrae sobre el hecho nacional, y otra discrepante, en la que voy a entrar aunque sea de forma sumaria, con objeto de abrir un debate fraternal entre colegas en el hika, al que por supuesto entren otras opiniones y nos lleve, es mi deseo, a una mayor aproximación de posiciones.
El terreno donde planteo principalmente el debate -hay cuestiones menores, alguna de las cueles tocaré al final- es el punto de partida teórico en el que se sitúa José Iriarte Bikila, el lenguaje y la consiguiente carga conceptual abstracta que utiliza, oscureciendo y empañando el resultado.
Del libro se desprende una excesiva preocupación por proteger una teoría, la marxista, en este caso harto problemática, a mi juicio, y que exige más que protección un mayor distanciamiento crítico. Otro tanto puede decirse del afán de proteger una idea del proletariado, de sus virtudes, que resulta abstracto, demasiado compacto, homogéneo y poco real.

¿Un enfoque de clase?
Son varios los lugares en el libro donde se plantea que debe existir un enfoque de clase al hecho nacional. Creo que abordar la cuestión así tiene una serie de inconvenientes. No pasa de ser una forma simbólica, viniéndose abajo nada más uno se pregunte qué entiende por clase. Aún dando por resuelta esta primera dificultad, se encontraría con una segunda, esto es, que la tal clase no tiene un solo punto de vista nacional sino dos, cinco o seis diferentes, e incluso contrapuestos. Cabría por último, eso sí, recurrir al tan socorrido uso y abuso propio de la literatura marxista de la llamada falsa conciencia, como se hace en la página 65, esto es, la contaminación de la clase por la ideología nacionalista burguesa o el reformismo obrero. Pero el problema seguiría sin resolverse. Seguiríamos prisioneros de una visión esencialista de la clase en el sentido que separa el ser proletario de su existencia real.
Por lo que conozco de Bikila, entiendo que ese enfoque de clase al que alude constantemente expresa en el fondo un rechazo a toda opresión, una solidaridad con los oprimidos y una voluntad de transformación liberadora de la sociedad. Siendo esto así, ¿no es mejor ir con los contenidos por delante y desprenderse de un concepto tan abstracto, tan poco válido y, por otro lado, tan desmentido por la realidad?

¿Internacionalismo objetivo?
Siguiendo una misma línea de razonamiento con lo anterior, en la página 64 se dice: “Su internacionalismo objetivo -el de la clase obrera- está fundamentado en el lugar que como clase específica ocupa en la producción dentro de una economía cada vez más internacionalizada, porque sus intereses históricos a escala universal coinciden en lo fundamental”.
Este párrafo condensa unas afirmaciones muy utilizadas en la literatura marxista, enormemente unilaterales, simplificadoras y reduccionistas de la realidad. Así, se da por supuesto que el proletariado es: a) objetivamente internacionalista, b) que está fundamentado en el lugar que ocupa en la producción, y c) que tiene unos intereses históricos universales coincidentes.
En primer lugar, creo que para abordar esta cuestión bien habría que entrar en un asunto de mucha envergadura y a la vez uno de los temas centrales del marxismo, como es el concepto de intereses (intereses objetivos, subjetivos; el tema de la falsa conciencia, de la formación de la conciencia…). Ello requeriría un espacio mayor que el de unas pocas líneas. En segundo lugar, si nos atenemos a la historia real conocida hasta hoy, el supuesto internacionalismo objetivo se ha mostrado frágil y no ha resistido a la realidad, sucumbiendo a la nación, a la defensa de los intereses patrios. En la historia del comportamiento de la clase obrera en el presente siglo, los arrebatos patrioteros han sido la norma, y excepción y minoritarios los internacionalistas y solidarios.
Basta con recordar la actitud del proletariado en las dos primeras guerras mundiales, en la más reciente del Golfo, el comportamiento de la clase obrera británica en la guerra de las Malvinas, o de los franceses en Argelia, respecto a las colonias en general, el hundimiento de la II y III Internacionales obreras, las experiencias de los llamados países socialistas, los conflictos y guerras entre ellos… para cuando menos problematizar dicha hipótesis y presentar un proletariado más real, heterogéneo, en el que anidan tensiones contradictorias, no estático, y en el que influyen además de su posición en la producción, una multitud de factores de índole nacional, cultural, religioso, sexual, generacional, etc., que llegan a ser en la práctica tan o más determinantes que el económico.
Enlazando con esto último, quisiera señalar un par de cosas acerca del título del libro, ¿los obreros tienen patria?

Los obreros tienen patria
Sin lugar a dudas. Ya al de muy poco de su constitución el siglo pasado, la clase obrera empezó a dar en la práctica una respuesta afirmativa a dicha cuestión, y como luego se comprobaría hasta en exceso.
Cuestión distinta al plano de los hechos sería el reflejo que estos tendrían en el plano de la teoría, de los análisis a los que daría lugar este comportamiento de la clase obrera, cada vez más nacional y nacionalista, en el seno del marxismo, de sus distintas corrientes. Así, la contundente frase de Marx los obreros no tienen patria, aparecida en el Manifiesto Comunista en los albores del surgimiento de un proletariado superexplotado y desposeído de todo, hasta de sus derechos como ciudadano, hizo época, siendo tema de abundantes discusiones, distorsiones y quebraderos de cabeza en el pensamiento socialista, llegando su eco hasta nuestros días.
Que detrás de la expresión de marras no había ninguna posición antinacional, parece documentado tras la conexión que Bloom ha establecido con las anotaciones y lecturas de Marx, en esa época, de un texto anterior a la Revolución Francesa. Marx utilizó dicha expresión en clave de desposesión y no en clave de hecho nacional. En el Manifiesto, sin entrar en las ambigüedades que en relación al tema contiene, los fundadores del marxismo tratan de defenderse de la acusación hecha a los comunistas de querer abolir las naciones, diciendo que a los obreros no se les podía quitar lo que no tenían, en el sentido que señalaba antes de desposesión.
Como es sabido, la cuestión nacional ocupa en la obra de Marx y Engels una posición secundaria en relación a otros temas. No hay en ella una teoría de la nación ni nada parecido a una articulación étnica de la humanidad, y sí en cambio una articulación según características de clase. Será la clase, el conflicto entre las clases, el centro de atención principal de su pensamiento: el motor de la historia es la lucha de clases, etc. En general, y dicho de una forma sumaria, hay una subestimación de los sentimientos nacionales, numerosas inconsistencias y afirmaciones insostenibles. En su obra, la autodeterminación tiene un alcance limitado (sí para unas, pero no para todas las naciones), condicionado (al papel que juega la lucha nacional en cada momento) y subordinado (a los intereses y estrategia de la revolución).

¿Un enfoque marxista?
Todo esto, unido a su filosofía de la historia, a la idea de la definitiva socialización de la nación, de su desaparición junto al resto de instituciones intermedias entre el individuo y la humanidad, como es el estado, la familia, etc., hace que el legado de los fundadores del marxismo fuera enormemente problemático en general y muy en particular en relación al hecho nacional. La historia de los marxismos posteriores así lo corrobora. Todos los intentos teóricos por resolver la cuestión nacional en términos marxistas, en consonancia con la doctrina de los fundadores, han producido multitud de versiones dispares, incluidas las versiones más aberrantes y opresivas. Por el contrario, las ideas más sugerentes las encontramos en aquellos marxistas que a la hora de abordar el hecho nacional más se alejan de la doctrina y ortodoxia marxistas.
En mi opinión, afirmar como se hace en diversas ocasiones, y en concreto en la página 188, que “el marxismo como visión del mundo no está en lo relativo a la cuestión nacional afectado de una gangrena mortal”, que puede “recuperarse de la crisis (…) revitalizarse si se realiza un esfuerzo autocrítico y revolucionador”, creo que refleja más un deseo que una realidad. El interés y empeño por encajar dentro del marxismo el hecho nacional, como lo han sido los intentos hechos desde el feminismo o el ecologismo, problemáticas todas ellas apenas consideradas por los fundadores o consideradas marginal o insatisfactoriamente, me parece un mal camino y de muy dudosos resultados.
A mi juicio, el problema del marxismo no es sólo un problema de falta de desarrollo, que se puede corregir enriqueciéndolo sin afectar a sus concepciones básicas. Pienso que dicho núcleo central contiene serias limitaciones que desaconsejan servirse de él para abordar determinadas realidades.
Para finalizar, un apunte breve. Hablar reiteradamente, como se hace en la segunda parte del libro, de la burguesía vasca sasi-abertzale, PNV pesetero y cobarde por arrinconar en la práctica el derecho a la autodeterminación (pg. 126), es una retórica con la que no estoy de acuerdo y que plantea dos problemas. Uno, el concepto propiamente dicho de clase burguesa vasca, compacto, homogéneo, etc. Para ello me remito a lo que he señalado en la primera parte en relación al concepto de clase obrera, y que sería aplicable aquí de la misma forma. Y dos, lo de sasi-abertzale nos lleva a plantear si hay un solo modo de ser y entender lo de abertzale o hay tantos como opciones políticas nacionales/nacionalistas.