Naciones y nacionalismo: notas sobre teoría nacional.

Kepa Bilbao
(Una versión reducida en hika, nº121-122, abril-mayo 2001)

MODERNISTAS Y PRIMORDIALISTAS

Las mayores diferencias entre los teóricos del nacionalismo se suscitan a la hora de evaluar la función del pasado en la creación del presente.
Nacionalistas, primordialistas, perennialistas, modernistas y postmodernistas nos ofrecen interpretaciones muy diferentes de esta función.
Para los nacionalistas, la función del pasado es clara y definitiva. La nación siempre ha estado ahí, forma parte del orden natural, incluso cuando esto es desconocido por sus propios miembros. El nacionalista se erige en interprete del sentir profundo de la nación que a la postre no es otro que la independencia. Su papel consiste en articular dicho deseo y convertirlo en realidad. Esto es verdad para los nacionalistas. Que los demás nacionales acepten este punto de vista es otra cuestión. Para los primordialistas el pasado también es inmemorial. La nación es algo dado y cuasinatural, determinado por la ascendencia de cada uno y con determinantes sociobiológicos para los más radicales. La pasión y el autosacrificio propios de la nación y el nacionalismo derivan de los atributos primordiales como la lengua, la religión, el territorio y muy especialmente el parentesco. Con independencia de que el primordialista sea o no nacionalista, en general simpatiza con el nacionalista que insiste en la genuina antigüedad de su nación. Para la variante perennialista las formas nacionales pueden cambiar, algunas naciones particulares pueden disolverse pero la identidad de una nación es fija e inmutable. A diferencia de los primordialistas, la nación no forma parte de ningún orden natural. Se puede elegir una nación y las siguientes generaciones pueden construir algo nuevo sobre las bases de las etnias originarias. Para el modernista, en cambio, la antigüedad es una ilusión o algo irrelevante. La nación es un fenómeno moderno, el producto de las ideologías nacionalistas, las cuales a su vez son la expresión de la moderna sociedad industrial. Para los postmodernistas, el pasado es más problemático. Aunque las naciones son modernas y el producto de condiciones culturales modernas, los nacionalistas que quieran difundir el concepto de nación se aprovecharan libremente de elementos de su pasado étnico donde parece que hallan la respuesta a las necesidades y preocupaciones del presente. Crean el presente a imagen del pasado. Por lo tanto los intelectuales nacionalistas modernos, seleccionaran, inventaran y mezclaran de forma libre las tradiciones en su búsqueda de una comunidad política imaginada. La emergente sensibilidad posmoderna subraya lo fragmentario, lo efímero, la erosión de las formas consideradas inmutables y los límites fijos.
Tal vez la línea de demarcación más importante hoy día en la teoría del nacionalismo sea la que se establece entre primordialistas y modernistas. Entre quienes conciben la nación como un fenómeno de larga duración, como una herencia o una cosa que viene dada y los que, por el contrario, la conciben como un corolario de nuestro mundo reciente, moderno, como algo construido más o menos artificiosamente.

Modernistas

Para la corriente modernista, que sigue en esto la senda abierta por el historiador y politólogo británico Elie Kedourie en Nacionalismo, publicado en 1960, el nacionalismo es un fenómeno de la modernidad del que no se puede hablar antes de finales del siglo XVIII.(1) Para los modernistas, las naciones no son algo dado, anteriores a los nacionalismos, sino una creación de los estados, los nacionalismos y los nacionalistas. Son formaciones relativamente recientes, producto de un conjunto de procesos históricos que aparecen en Europa en la Edad Moderna y que culminan con la revolución industrial. El origen del concepto nación, como observó Hans Khon, está estrechamente ligado a la idea de la soberanía popular, del consentimiento de los subditos. La idea de nación surge al principio, no en contra de las otras naciones, sino en contra de la idea tradicional de legitimación del gobierno monárquico. Frente a la legitimidad tradicional de los reyes derivada de Dios o de la historia surge la moderna legitimidad que debía derivarse de la nación.
Ahora bien, si es cierto que hay un acuerdo generalizado en cuanto a la fecha de nacimiento, en el cuándo, aunque con matices, ya no la hay tanto en el cómo, en el porqué, en el dónde ni tampoco en cuanto a sus pronósticos y significado o valoración político-moral. Para unos el factor decisivo fue el impacto político, militar e intelectual de la Revolución francesa. Para otros como Kedourie, fueron Kant, Fichte y la Ilustración los responsables. Para Isaiah Berlin surge en Alemania, a finales del siglo XVIII, con los conceptos del Volkgeist y Nationalgeist de Herder. Para el antropólogo Benedict Anderson, el nacionalismo emergió en el Nuevo Mundo, durante la Revolución americana. Para Ernest Gellner y Eric Hobsbawm son una consecuencia inevitable del capitalismo y la industrialización. Unos relacionan el nacionalismo con un conflicto existente de tipo cultural (E. Gellner), de clase (marxistas), sicológico (A. Giddens, I. Berlin), político (John Breully, C.Tilly, A. Giddens, M. Mann), ideológico (Kedourie), económico (Ton Nairn). En cuanto a su valoración político-moral, tenemos la radicalmente negativa de Kedourie, quien considera el nacionalismo como una antigualla irrelevante, como un fenómeno contingente, un mero accidente ideológico, fruto de escritores ociosos y crédulos lectores, un funesto invento de algunos aberrantes filósofos alemanes, que bien podría ser barrido del planeta, como alguna vez argumentó, con unos cuantos estudiantes de pedagogía que asistieran a su curso de Historia del Pensamiento Político. Valoración que, dicho sea de paso, goza hoy de un gran predicamento entre la intelectualidad políticamente correcta española, especialmente cuando se trata del nacionalismo de los demás. La básicamente negativa, como la del historiador Hobsbwam, centrada especialmente en los nacionalismos de carácter étnico, a los que tacha de divisivos, indeseables y suicidas. Para este historiador, los nacionalismos étnicos, complican o catalizan otros fenómenos y no ofrecen de cara al siglo XXI ninguna solución.(2) Aunque introduce algunos matices al apuntar algunos aspectos positivos como son la fuerza del anhelo de identidad, la fuerza de la reacción contra la centralización y la burocratización del poder estatal, económico o cultural y la posibilidad de reivindicar una autonomía. Su pronostico es de que no tienen ningún futuro. La posición de E. Gellner, máximo representante de la corriente modernista hasta su muerte en 1995 y uno de los pocos que ha tratado de construir una teoría de la nación y el nacionalismo con mayúsculas, es más cautelosa y ambivalente.(3) No es un antinacionalista, aunque su obra contenga abundante material para nutrir el apetito y las plumas de estos. Su actitud es profundamente crítica, irónica y desmitificadora tanto de sus propios mitos como los del nacionalismo. Junto a la intolerancia y violencia que ha traído consigo el nacionalismo a lo largo de su historia, también reconoce que ha tenido aspectos positivos. Ha permitido la emancipación política y ha instaurado el principio democrático de igualdad ante la ley en sociedades que habrían permanecido en situaciones de opresión y servidumbre bajo los imperios tradicionales. Sostuvo que no hay entidades nacionales cuasinaturales, anteriores a la ideología nacionalista. Es ésta la que se inventa una tradición común a la que hay que venerar. El nacionalismo tiene para Gellner el efecto positivo de que al poner su énfasis en la lengua pone en marcha un sistema de alfabetización que nivela los estamentos sociales y promueve la igualdad democrática. Pero al mismo tiempo pone en marcha un mecanismo de identidad tan homogéneo que su invención deriva en intolerancia y violencia hacia lo otro y distinto.
Para Gellner, a diferencia de Kedourie, con quien profesó una gran amistad y alguna que otra deuda teórica reconocida, el nacionalismo no es simplemente una teoría errónea, que pueda ser rechazada y descartada, sino que tiene hondas e importantes raíces. Es la consecuencia necesaria de determinadas condiciones sociales, el correlato de la industrialización y la modernidad. En su obra hay una tensión entre necesidad y contingencia. Sostiene que en realidad fue nuestro destino y no un tipo contingente de enfermedad que los escritorzuelos de la Ilustración nos transmitieron. Pero por otro lado, tampoco considera que el nacionalismo sea universal ni el destino de todos los hombres: <<sino el destino más que probable de algunos y la dificil circunstancia de muchos otros>>. Sostiene que la cultura y el poder son universales y perennes, no así los Estados y los nacionalismos. Con el paso de la sociedad agraria a la industrial la cultura y el poder se relacionaran de un modo nuevo desconocido hasta entonces, innovador, que es el que engendrará el nacionalismo y el Estado-nación. De esta forma la nación, junto con el crecimiento económico, se convertirá en el principio de legitimación política más importante. El nacionalismo, dice: <<es un principio político según el cual la semejanza cultural es el vínculo social básico (…) para su versión radical (…) sólo los miembros de la cultura apropiada pueden pertenecer a la unidad en cuestión, y todos ellos deben hacerlo. Las aspiraciones de los nacionalistas radicales se ven truncadas si su nación-Estado no consigue reunir a todos los miembros de la nación y si tolera dentro de sus fronteras un número excesivo de personas no adscritas a la misma, sobre todo si ocupan cargos de importancia>>.
En el plano de la historia de las ideas, se muestra en desacuerdo con la paternidad que Kedourie le atribuye a Kant en el nacimiento del nacionalismo, exculpando curiosamente a Hegel, el filósofo de la fusión del Estado y la nación, el que predicó que las naciones no ingresaban en la historia propiamente hasta poseer su propio truchiman, su Estado. Sostiene que el nacionalismo fue y es aún una parte ineludible del mundo contemporáneo y resulta discutible que este disminuya, aunque cifró sus esperanzas a que con el desarrollo económico los conflictos nacionalistas disminuyeran. En su libro póstumo Nacionalismo, mantuvo su escepticismo respecto a las soluciones o respuestas a las confrontaciones étnicas y, en particular, acerca del derecho de las naciones a la autodeterminación, a la que tachó de bobada. ¿Qué ha de prevalecer: la demografía, la historia o la geografía? Para Gellner, los diversos criterios entran casi siempre en conflicto. De modo que las soluciones nunca pueden basarse sólo en la justicia, ya que la justicia en este tipo de asuntos no es una sino plural. El cuestionamiento de la confianza apriorística en la autodeterminación si bien viene a dar alas a los anti-autodeterministas per se, debería ser tomado como una sana advertencia por los nacionalistas y autodeterministas que acostumbran a ver dicho principio político normativo, en mi opinión legítimo y democrático, como una fórmula milagrosa en la resolución de los conflictos nacionales, sin reparar en los peliagudos problemas que se derivan de su aplicación en donde la homogeneidad cultural no se da, que suele ser en la mayoría de los casos. (4)

Breve digresión sobre la autodeterminación

Antes de seguir me voy a permitir hacer una breve digresión sobre esta cuestión tan discutida de la autodeterminación.
En rigor, apenas hay sociedades monoculturales y ni los factores, ni los sujetos de esa multiculturalidad, ni las exigencias que plantean, ni las soluciones pueden ser idénticas. La historia está en nosotros y es compleja. No hay razas puras ni pueblos homogéneos. Todos somos el producto histórico de choques, confrontaciones étnicas, amalgamas culturales, invasiones violentas, migraciones pacíficas, expansiones religiosas. ¿Quién puede entender España sin celtas, visigodos, moros, romanos y fenicios, sin guerra entre la cristiandad y los infieles? ¿Qué es América Latina sino el resultado sincrético de las civilizaciones precolombinas, España, Portugal y el vigoroso mundo africano?
El actual orden político se basa en la división territorial del mundo en Estados soberanos. Frente a los 194 Estados que hay en el mundo, la ONU cifra en 5000 el número de grupos étnicos extendidos por el planeta y algunos autores calculan que actualmente existen del orden de 10.000 sociedades o colectividades étnicas, lingüísticas, raciales, religiosas o con identidades de algún otro tipo, cuyo asentamiento poco o nada tienen que ver con el diseño de fronteras existente. (5)
Este sistema interestatal, desde la Revolución francesa, se ha mostrado hostil ante el reto planteado por el nacionalismo de las naciones sin estado. Se ha insistido siempre en la primacía del principio de la soberanía estatal sobre el de la autodeterminación nacional, a pesar de los intentos que hiciera Wilson por incorporar a este último al ámbito de la sociedad internacional. Aunque, por otro lado, no habría que perder de vista que el siglo XX también nos ha mostrado a las claras los problemas y límites que ha conllevado la aplicación del principio de las nacionalidades wilsoniano, interpretado en términos de coincidencia entre etnia o cultura y territorio.
La comunidad internacional sigue rigiéndose por los mismos criterios de hostilidad ante cualquier intento de alterar el mapa político por la fuerza o poniendo en entredicho la soberanía de Estados concretos a través de la autodeterminación y sólo sancionará la secesión en circunstancias especiales, cuando sea el resultado de un acuerdo mutuo y pacífico entre las partes o cuando una situación regional fuerte favorezca la secesión.
Hoy la autodeterminación en la Europa cada vez más convergente no significa lo mismo que hace 50 años. Todas las soberanías son limitadas y compartidas. La autodeterminación a lo leninista, esto es, como votación que el día H decide el destino de un país por mayoría del 51%, no parece que sea un buen método para la resolución de los conflictos intranacionales, interculturales o interpopulares como, por otra parte, la historia del siglo XX nos ha ilustrado más que sobradamente. Se trata de un reto vital y probablemente irreversible, que también compromete a las generaciones futuras. Una decisión tan trascendental exige un consenso muy amplio y no una mayoría exigua, ocasional, que puede cambiar según sople el viento de la economía o de la política. Debe ser el resultado de un acuerdo sobre el país que se quiere construir entre unos y otros, sobre la base de la reciprocidad y no de la imposición. Un buen proceso tiene que reducir al máximo las probabilidades de que cualquiera de las partes sienta que la solución le ha sido impuesta y por lo tanto cuestione su legitimidad. Una consulta realizada en estos términos certificaría a esa sociedad como una comunidad políticamente autodeterminada.
La autodeterminación ya no puede ser un concepto unilateral, implica a la otra parte. Tiene que haber un do ut des, un te doy para que tú me des.
Es muy interesante al respecto la opinión de la Corte Federal de Canadá que ha regulado el derecho de autodeterminación en términos federales. Ha prohibido que Québec pueda secesionarse de Canadá por una decisión unilateral. Pero también ha prohibido que si una mayoría de Québec está por la separación, el resto de Canadá pueda impedirlo en último término. Esta regulación coloca la autodeterminación en términos de reglas del juego pactadas en igualdad entre todas las partes. Ahora bien, el principio de que no se puede retener a nadie contra su voluntad tiene que aplicarse en todas las direcciones. Los secesionistas declaran la divisibilidad del Estado en el que se encuentran, al tiempo que proclaman la indivisibilidad de su futuro Estado. Esta suele ser una contradicción inherente a todos los secesionismos. Si somos consecuentes, la misma regla ha de servir para ambos casos.

Posmodernistas

E. Hobsbwam y B. Anderson, ambos procedentes de la tradición marxista, van algo mas allá del paradigma modernista clásico. Sus respectivas formulaciones de la nación basadas en las tradiciones inventadas y la comunidad imaginaria han sido el semillero que ha dado lugar a teorías más radicalmente posmodernas en las que la idea de identidad nacional es considerada inherentemente problemática y descompuesta en sus componentes narrativos. Es en los modelos deconstruccionistas de ambos autores donde de forma más tajante se ha señalado el problema del status real o imaginado de la nación. En la aproximación de Hobsbwam, la nación es contemplada, en buena medida, como un conjunto de tradiciones inventadas que incluyen la mitología y símbolos nacionales así como la historia hecha a medida. En el modelo de Anderson, la nación se ve como una comunidad política imaginada. Aunque hay que precisar, dado el uso y abuso que se suele hacer de dicha formula, que su idea del carácter imaginado de la comunidad tiene más que ver con la imaginación y la creación que con la fabricación y la falsedad que parecen derivarse de afirmaciones como las de que el nacionalismo inventa naciones donde no existen. (6)
Para Anderson las naciones y el nacionalismo son productos culturales modernos de un tipo especial que sería <<más fácil si lo estudiáramos en relación a fenómenos como el parentesco o la religión, en vez de vincularlo al liberalismo o al fascismo>>. Considera la nación como una comunidad imaginada caracterizada por su limitación espacial y por su aspiración a la soberanía política. La nación es imaginada porque ni los miembros de la nación más pequeña conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas y aun así <<en la mente de cada uno está presente la imagen de su comunión>>. Todas las comunidades mayores a un pueblo donde no exista un contacto cara a cara son imaginadas, lo que distingue a la nación es la forma en la que es imaginada. Esto es, se la imagina limitada, las naciones tienen fronteras finitas, aunque elásticas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones. Se la imagina soberana porque, en una era de Ilustración y Revolución, las naciones aspiran a ser libres lo que implica erigirse en Estado soberano. Se la imagina como una comunidad porque <<la nación siempre es concebida en términos de una profunda camaradería horizontal>>. Esta fraternidad es la que permite que millones de personas maten y estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas.
El nacionalismo será la fuerza ideológica capaz de dar vida a esta comunidad, al tiempo que el resultado de un proceso en el que junto a la erosión de la religión, las lenguas sagradas y las viejas monarquías se ha producido <<la medio fortuita, pero explosiva interacción entre un sistema de producción (el capitalismo), una tecnología de la comunicación (imprenta) y la fatalidad de la humana diversidad lingüística>>.

Primordialistas

En cuanto al paradigma primordialista la nación es un dato objetivo que tarde o temprano se manifiesta ideológica y políticamente en forma y grados diversos. La versión dura del primordialismo subraya: el poder de los datos del lugar, de lengua, sangre, de visión del mundo y de la vida que modelan la noción que un individuo posee de quien es y a qué se encuentra indisolublemente vinculado (Geertz, 1963).(7) Esta versión del primordialismo viene a ser casi coincidente con el discurso nacionalista mismo: la nación como un hecho objetivo, de larga duración, una evidencia social incuestionable, que pugna históricamente por su manifestación consciente, su autodeterminación política. Hay otras versiones más blandas o perennialistas pero al igual que sucede con la corriente modernista, tampoco los autores adscritos o que son adscritos a esta corriente como Adrian Hastings, John Amstrong y Anthony D. Smith, por ejemplo, están de acuerdo, más allá de defender la existencia de formaciones nacionales o prenacionales antes de la modernidad, en sus valoraciones de la nación, del nacionalismo ni en sus pronósticos.
Para John Amstrong la identidad de grupo, denominada nación, no es más que el equivalente moderno de la identidad étnica que la historia escrita desde Herodoto siempre ha registrado. Amstrong, tras un minucioso análisis de la formación de las modernas naciones concluye diciendo: <<que el moderno nacionalismo forma parte de un ciclo de conciencia étnica. Debido a que en la época del Absolutismo que precedió al nacionalismo europeo se dio (al menos por parte de las elites) un rechazo excepcionalmente agudo a la diferenciación étnica, se ha tendido a considerar a menudo que el nacionalismo no tenía precedentes. Cuando se parte de un espacio temporal más largo, se percibe que la identificación étnica ha estado muy extendida y es recurrente, aunque a veces se exprese de otras maneras>>
Para el sociólogo historiador Anthony D. Smith, al que se le considera uno de los mayores críticos del modernismo y que es encasillado como un primordialista blando, tanto las naciones como el nacionalismo son modernos, pero nihil ex nihilo, nada viene de la nada. Hay demasiada discontinuidad y cambio, dice Smith, entre las modernas y premodernas comunidades para que llegue a la conclusión de que las naciones modernas son el producto de un crecimiento lento, gradual que va incrementándose desde unos comienzos primitivos. Pero en un sentido más débil, hay pruebas evidentes de que las naciones modernas están conectadas con categorías y comunidades étnicas tempranas y que se han originado de mitos, de culturas étnicas y recuerdos compartidos que existían anteriormente. Esas naciones que tienen un sentido del pasado étnico extendido y vívido probablemente estén más unidas y sean más diferenciadas que aquellas que les falta eso. Esta discontinuidad entre nacionalismo moderno y etnicismo premoderno se construye sobre la continuidad histórica, es decir, una nación moderna se forma con más éxito cuando se edifica sobre una base étnica comunitaria ya existente. Las identidades étnicas premodernas constituyen para Smith, la línea de base para intentar explicar el cómo y el porqué del nacimiento de las naciones y los nacionalismos, por lo menos en Europa. Al mismo tiempo señala que la introspección realizada por los movimientos nacionalistas destinada a descubrir las raíces, a reapropiarse de la historia origina dos fenómenos peligrosos: la politización de la cultura y la purificación de la comunidad respecto a todo rasgo ajeno con el fin de lograr una comunidad homogéneamente moral, digna descendiente de unos heroicos ancestros y defensora de una lengua y cultura vernáculas propias.
Gellner tachará sus posiciones de evolucionistas y primordialistas, cuando para otros lo que hace es corregir el estricto modernismo de este. Para Smith, en el estudio de los fenómenos étnicos y nacionales, los dos puntos de vista, el primordialista y el modernista, también llamado instrumentalista (constructivista) no deben ser mutuamente excluyentes, ni un enfoque Heraclitiano que los considere como completamente maleables y sometidos a flujos externos, ni un enfoque Parmenideano que les consideraría como permanentemente fijos e inmutables, puede hacer justicia a su variedad y complejidad. Para el conocido antropólogo W. Douglass, Smith postula un enfoque instrumentalista/primordialista ecléctico, argumentando que los instrumentalistas explican mejor los más recientes movimientos nacionalistas inventados mientras que el enfoque primordialista es de alguna manera más relevante para entender las pretensiones políticas de las tradiciones étnicas más arraigadas.
Smith es un etno-simbolista que considera la etno-historia y los complejos mito-símbolo esenciales para el desarrollo de las naciones. Trata de descubrir el legado simbólico de las identidades étnicas de naciones concretas y mostrar, cómo las naciones modernas redescubren y reinterpretan los símbolos, mitos, recuerdos, valores y tradiciones de su etno-historia cuando se enfrentan a la modernidad.
Smith no cree que los procesos de globalización en curso signifiquen el declive de las identidades etnoculturales que han demostrado tener un gran arraigo y capacidad de adaptación a las cambiantes circunstancias históricas <<Hasta la fecha no podemos discernir la existencia de un rival serio para para la nación, en lo que hace a lealtades y afectos de la mayoría de los seres humanos>>.
El historiador marxista checo Miroslav Hroch, cercano a las posiciones de Smith y gran innovador en los estudios comparados de los movimientos nacionalistas en Europa ( la mayoría del Este), difiere de los primordialistas en que contempla la nación como un fenómeno y producto de la historia moderna. De los modernistas le separa el considerar que la nación no es un mero constructo de la época moderna, sino que se halla profundamente arraigada en las comunidades de siglos anteriores.
Su útil división de los movimientos nacionalistas en tres fases representa un aspecto parcial de la cuestión pero de mucha importancia a la hora de analizar las causas que explican el surgimiento de los nacionalismos minoritarios contra el Estado en la Europa del siglo XIX. La fase inicial, o fase A) puramente cultural, literaria y folclórica, sin implicaciones políticas o nacionales, caracterizada por la presencia de una activa intelectualidad (periodistas, escritores, estudiantes, profesores, clero, etc.), relacionada con el descubrimiento de la historia, la cultura y la lengua de una nación olvidada. Su repercusión se limita a los círculos culturales. La fase B) es la del despertar de la conciencia nacional, en la que aparecen los precursores y militantes de la idea nacional y los comienzos de campañas políticas a favor de esta idea, y la fase C) cuando los programas nacionalistas obtienen el apoyo de las masas, o al menos parte de su apoyo que los nacionalistas siempre afirman que representan. Ahora bien, no todos los movimientos logran alcanzar la fase B o C, para el éxito de la agitación patriótica son necesarias unas condiciones sociales previas específicas. (8)

Para el historiador y profesor de teología Adrian Hastings que se ha sumado a la nómina de los primordialistas, aunque él mejor preferiría medievalistas, y que ha cobrado un gran ascendente entre algunos sectores de la intelectualidad nacionalista vasca, sobre todo tras la publicación de su reciente libro La construcción de las nacionalidades. Etnicidad, religión y nacionalismo, recientemente editado por Cambridge University Press, la cuestión clave del cisma existente entre los estudiosos y especialistas de la nación y el nacionalismo radica en la fecha de comienzo, en el cuándo.
El libro de Hastings es una réplica directa a las tesis defendidas por E. Hobsbawm en Naciones y nacionalismo desde 1780. La obra histórica más influyente de los últimos años, según el profesor, y dado que está basada en obras de similar influencia, tales como Nacionalismo y Estado de John Breully, Naciones y Nacionalismo de Ernest Gellner y Comunidades Imaginadas de Benedict Anderson, agrupa a estos cuatro autores máximos representantes de la corriente modernista en la crítica. Para el profesor, juntos representan la principal ortodoxia actual en el estudio del nacionalismo.
Por otra parte, señala que la escuela de estudios nacionalistas, de carácter más sociológico, liderada por A.D. Smith, en particular su obra The Ethnic Origins of Nations (1986), si bien representa la crítica más fuerte al modernismo hasta ahora realizada, todavía acepta demasiadas premisas modernistas. Hastings rechaza la gran división entre lo premoderno y lo moderno, así como la consideración del nacionalismo como la puerta de lo primero a lo segundo. Aboga por abandonar la idea del vínculo indisociable entre las naciones, el nacionalismo y la modernización como requisito imprescindible para avanzar en la comprensión del tema. Sitúa el origen de la nación en la época de formación de la sociedad medieval: <<Sostengo que las identidades étnicas se convierten de manera natural en naciones o en elementos integrantes de una nación en el momento en que su lengua vernácula específica pasa de un uso oral a uno escrito hasta el límite de ser empleada habitualmente para la producción de obras escritas, y especialmente para la traducción de la Biblia. Desde el momento en que la lengua vernácula de una etnia se convierte en un idioma con una escritura propia extensa y viva, parece haberse cruzado el Rubicón en la senda de la nacionalidad>>.
Para el profesor las naciones europeas son anteriores a 1789 -y un buen número se constituyen desde la caída del Imperio Romano y a lo largo de la llamada Edad Media- señala cómo en la Europa occidental desde la Edad Moderna existen dos naciones adormecidas, que pueden despertar, Navarra (9) y Escocia.
Señala entre las grandes omisiones del punto de vista modernista, la falta de atención a Inglaterra -a la que considera ya una nación en la época de la conquista normanda- y las naciones con ella relacionada, incluida la creación de Estados Unidos, así como el impacto de la religión en general y de la Biblia en particular.

Una nota final
Pese a que las tres últimas décadas han sido muy fértiles en estudios y análisis de la nación y los nacionalismos, suscitando el interés de diversas disciplinas, de la filosofía a la ciencia política, de la antropología a la sicología, de la historia a la sociología, las discrepancias teóricas siguen sin disiparse. Es también un hecho que no hay acuerdo sobre el verdadero origen de la nación y el nacionalismo entre los teóricos y estudiosos y probablemente nunca lo haya, pero al menos gracias a ellos conocemos mejor algunas cuestiones fundamentales de fondo de la nación, de las luchas nacionalistas y de sus propósitos. Estoy de acuerdo con quienes afirman que no existe una o la teoría de la nación y el nacionalismo, como tampoco existe una o la solución de los conflictos nacionalistas. Los problemas teóricos y prácticos relacionados con el tema son tantos y tan variados que se resisten a una resolución por medio de una única explicación teórica o práctica.
El estudio de las naciones y el nacionalismo sigue marcado por profundas divergencias. Frente a los metarelatos o paradigmas nacionalistas más antiguos o perennialistas surgió el paradigma moderno más rico y omnicomprensivo. Posteriormente las anomalías y excesos que este iba presentando han dado lugar a explicaciones alternativas, sin embargo, de entre ellas las más aceptables no dejan de ser una crítica y una continuación del paradigma moderno.
Ahora bien, ¿quiere decir esto que debamos descartar toda perspectiva de algún tipo de confluencia, acuerdo o compromiso entre los distintos paradigmas, entre por ejemplo, los medievalistas -y los especialistas en historia antigua- y los historiadores que se centran en la modernidad o entre los científicos sociales modernistas y los perennialistas? Tal vez no haya que descartar que en un futuro se pueda dar cuando menos una convergencia parcial combinando de manera fructífera los elementos más valiosos de cada paradigma.

Esquema conceptual del profesor Antoine Roger en Les grandes théories du nationalisme


(1) Los precedentes de las corrientes modernistas se hallan en los estudios de historiadores y sociólogos del nacionalismo, iniciadas en la década de 1920, en concreto por Hans Kohn y Carlton Hayes, padres de la célebre distinción entre nacionalismo cívico o político (occidental) y étnico o cultural (oriental).

(2) La división sustantiva entre el nacionalismo etno-lingüistico y el cívico-político, entre la versión orgánica alemana y la cívica francesa inaugurada por E. Renan, está muy extendida en la literatura especializada de una forma un tanto arbitraria y exagerada debido a intereses políticos. Los nacionalismos más cívicos y liberales cuando se los analiza de cerca resultan ser también étnicos y lingüisticos.

(3) Una valoración crítica de las luces y sombras de la obra de este lúcido y brillante filósofo, sociólogo y antropólogo de origen checo y formación británica se puede encontrar en Estado y nación , John A. Hall (ed.), Cambridge-2000, hecha por un nutrido grupo de reconocidos especialistas y que tiene la virtud de ir más allá, al presentarnos el estado del debate actual sobre esta cuestión en el mundo anglosajón.

(4) Un ejemplo lo tenemos en el caso vasco en donde se da una pluralidad de modos de pertenencia, una diversidad de segundo grado o profunda (Charles Taylor) tanto de sus gentes como de los territorios en los que residen. Hay que reconocer que en la vieja Vasconia, la cual se halla dividida hoy en varios entes políticos ( CAV, Navarra, País Vasco continental ), la viabilidad de la aplicación de la autodeterminación se reduce en el mejor de los casos al territorio de la CAV, ya que en el resto –las dos Navarras, Lapurdi y Zuberoa- su demanda es minoritaria. Incluso en la propia CAV todavía no se ha dado un consenso suficiente entre las distintas fuerzas políticas, hoy profundamente divididas en dos grandes bloques, en cuanto a lo que se denomina con otras palabras ámbito vasco de decisión.

(5) Desde 1946 hasta hoy hemos pasado de 74 Estados a casi 200. Si el proceso de descolonización dio origen a 48 nuevos países, la desmembración de la URSS ha supuesto el nacimiento de 15 nuevos Estados, mientras que de la descomposición de Yugoslavia emergen 5 nuevos Estados. Por otra parte, en el mundo existen 85 Estados que cuentan con menos de cinco millones de habitantes, de los cuales cinco tienen menos de 2,5 millones y 35 menos de medio millón ( según fuentes The Economist, septiembre de 1997)

(6) Existen muchos ejemplos de invención o construcción, pero para que estos intentos tengan éxito deben basarse en elementos sociales y culturales preexistentes. Así por ejemplo, tanto el nombre como el Estado nacional de Pakistán fueron una invención. El nombre se debe a un estudiante de Cambridge y el Estado nacional al partido de Jinnah. Pero la idea no hubiera tenido éxito, si los musulmanes del norte de la India no hubieran adquirido previamente un gran sentido de su etnicidad basada en una religión compartida, religión que los diferenciaba del resto de los indios. Teniendo en cuenta la fuerza y la concentración de los sentimientos musulmanes en el subcontinente, era más que probable que en una era de difusión del nacionalismo político y la autoafirmación comunitaria, acabara tomando forma algo como Pakistán.

(7) Entre los primordialistas está la versión socio-biológica de Pierre van den Berghe y la determinista cultural de Edward Shils y Glifford Geertz. Shils afirmó (1957) que los lazos primordiales de parentesco y religión seguían vivos, incluso en las sociedades seculares modernas, como demostraban sus símbolos y ceremonias públicas. Esta idea fue retomada por Geertz que la aplicó a los nuevos Estados de Africa y Asia, sosteniendo que lo que mantenía unidas a sus poblaciones no eran tanto los vínculos civiles de una sociedad racional como los lazos primordiales que se habían establecido en torno a la lengua, la costumbre, la raza, la religión y otros determinantes culturales. Geertz no dice, como a veces se le simplifica y distorsiona, que el mundo esté constituido por una realidad primordial subjetiva, sólo que muchos de nosotros creemos en los objetos primordiales y sentimos su poder.

(8) Hroch presenta estas tres fases como tipos ideales, que han de ser contrastados con la realidad histórica de cada país estudiado. Javier Villanueva en Nacionalismos y conflicto nacional, 2000,Gakoa, p 14-15, aplicando la periodización de Hroch al nacionalismo vasco deduce que la fase A) tiene lugar en los años setenta y ochenta del siglo XIX, donde se sientan las bases de una definición cultural y antropológica de la nación tras tres décadas de crisis política y las dos guerras carlistas. El nacionalismo vasco será el heredero natural de la recreación del imaginario colectivo que se hace en esos años, una parte del cual (la pureza de la raza y del euskera, su origen remoto y su ubicación estable en los siete territorios vascos, el mito foral de la independencia originaria) la comparte toda la intelectualidad de la época, mientras que otra ( el ruralismo, la idealización de las viejas leyes y costumbres y la defensa de la religión católica) la sostienen solamente las gentes más propensas a una visión integrista. La fase B, es el tiempo político de la agitación patriótica que se inicia con Sabino Arana. A todo el material con el que opera y que proviene de la tradición, Arana le añade cuatro cosas fundamentales. 1) Unas ideas fuerza: que Euzkadi es la patria de los vascos o la aspiración a recobrar la soberanía perdida en 1839 mediante la independencia. 2) Un mundo simbólico, en especial la ikurriña. 3) unos instrumentos organizativos, el PNV y el batzoki.4) La delimitación de las fronteras étnicas exteriores e interiores para distinguir y separar lo vasco de lo español. La fase C, no tiene lugar hasta la llegada de la República en 1931. El nacionalismo vasco consigue el apoyo de algo más de un tercio de la población de Vizcaya y Guipúzcoa. En Alava será la tercera fuerza, con el 20% de los votos mientras que en Navarra queda muy por debajo de estas cifras. En conjunto la sociedad vasca se divide en tres tercios: la nacionalista, la derecha tradicional y la izquierda. La fase B y C en los territorios vasco-franceses siguen un ritmo distinto en donde el nacionalismo ha progresado menos y más lentamente.

(9) Antes de que el Reino de Navarra -bajo cuya jurisdicción estuvieron también en una época Vizcaya y Guipúzcoa- fuera ocupado por las tropas castellanas y anexionadas a Castilla, estas tierras tenían vínculos señoriales con Castilla condicionados al respeto de los Fueros. Resulta muy discutible y dudoso, hablar de unas realidades medievales, no nacionales, como de Estado Vasco o de Estado Navarro como sostienen T. Urzainki o Mikel Sorauren.