In memoriam -Isaiah Berlin-

Kepa Bilbao
hika, nº84, diciembre 1997

Después de una prolongada enfermedad, el pasado 5 de noviembre murió a los 88 años de edad Isaiah Berlin (1909-1997). Un testigo de excepción, un lúcido historiador y un filósofo de las ideas políticas y morales de los más brillantes de este nuestro siglo que acaba, lo que lo ha convertido en referencia indispensable para los analistas del presente.
Berlin nació en Riga (Letonia), en 1909, en el seno de una familia hebrea. Era nieto de un judío lubavich, es decir, de un miembro del Habad, una de las corrientes teosóficas del hasidismo ( lo que explica su interés por el pensamiento judío). Pero Berlin se formó en un ambiente familiar laico, liberal y anglófilo. En 1915 su familia se trasladó a Petrogrado, posterior Leningrado y anterior y actual San Petersburgo. Fue testigo, en la niñez, de la revolución rusa, lo que también puede explicar su preocupación por los intelectuales rusos que precedieron a la Revolución. En 1919 cuando contaba 10 años su familia decidió trasladarse a Inglaterra donde residirá la mayor parte de su vida.
Realizó sus estudios en aquel Oxford ecléctico, refinado, abierto a la discusión y al debate. Se formó en una época, la década de los treinta, que se prolongó hasta hace pocos años, en que la filosofía de la lengua inglesa estuvo dominada por las figuras de Bertrand Russel y Wittgenstein y a la cual -a sus tesis lingüisticas y epistemológicas- someterá a crítica en diversos escritos recogidos posteriormente en Conceptos y categorías. Un ensayo filosófico. Durante esos años compartió preocupaciones culturales, musicales y literarias, con poetas como Auden y Stephen Spender ( los cuales combatieron en el Estado español en defensa de la República); y las más propiamente filosóficas con personajes como Alfred Ayer y John Austin, padres de la influyente escuela filosófica basada en el análisis lingüístico. De esta manera, se puede decir que Berlin integra en su biografía tres tradiciones muy diversas que siempre le acompañarán: el talante crítico del empirista británico, la atracción por las grandes ideas - los pensadores rusos y centroeuropeos- y su identidad judía.
El encargo de una monografía sobre Marx, Karl Marx: su vida y entorno (1939), llevará a Berlin a desplazarse de la práctica de la filosofía académica al de la historia de las ideas y la reflexión política. Su trabajo universitario se verá interrumpido por la II Guerra Mundial. Inicialmente fue destinado a trabajar en la embajada británica en Moscú pero al emprender el viaje ha de permanecer tiempo en Nueva York y allí le sorprende la entrada en la guerra de EEUU. Berlin trabaja entonces como colaborador de la embajada británica en éste país, donde envía informes diarios al Foreign Office y que, según se dice, despertaron la admiración de Churchill.
En 1947 se casó con la francesa Aline Halban, hija de un banquero ruso judío. Al volver a Oxford cambia su trabajo académico en filosofía por el de historiador de las ideas. Su formación filosófica le proporcionará un útil marco a su reflexión sobre las ideas políticas, éticas y artísticas de los clásicos rusos a los que dedicará diversos ensayos en la década de los cincuenta ( Herzen, Turgeniev, Belinsky, Bakunin, Tolstoi). Al mismo tiempo, investiga las corrientes de pensamiento centroeuropeo ( Renacimiento, Ilustración, Romanticismo) con la intención de hacer algo de luz sobre los dilemas ético-políticos de nuestro siglo.
En esta misma década publica dos de sus más polémicos ensayos que serán objeto de discusión en la filosofía anglosajona durante años: La inevitabilidad histórica (1954) y Dos conceptos de la libertad (1958). En el primero se enfrenta a las distorsiones que venían produciendo los análisis históricos basados en el determinismo. En el segundo realiza una defensa del concepto de libertad negativa, remontándose a sus fuentes: Locke y Mill en Inglaterra, Constant y Tocqueville en Francia.

Libertad frente a determinismo: la libertad negativa

La libertad negativa, dice Berlin, está implícita en la respuesta a la pregunta: <<¿Cuál es el área en la que el sujeto -una persona o grupo de personas- puede o debería poder hacer o ser lo que sea capaz de hacer o ser, sin que interfieran en ello otras personas?>>. El sentido positivo de la libertad sale a relucir, no si intentamos responder a la pregunta <<qué soy libre de hacer o de ser>>, sino si intentamos responder a <<por quién estoy gobernado>> o <<quién tiene que decir lo que yo tengo y lo que no tengo que ser o hacer>>.
Para Berlin, la conexión que hay entre democracia y libertad individual es mucho más débil que lo que les parece a muchos defensores de ambas. Así, por ejemplo, Rousseau no entiende por libertad la libertad negativa del individuo para que no se metan con él dentro de un determinado ámbito, sino el que todos los miembros idóneos de una sociedad, y no solamente unos cuantos, tengan participación en el poder público, el cual tiene derecho a interferirse en todos los aspectos de todas las vidas de los ciudadanos. Liberales de la primera mitad del siglo XIX, especialmente Benjamin Constant, previeron acertadamente que la libertad entendida en este sentido positivo podía destruir fácilmente demasiadas libertades negativas, que ellos consideraban sagradas. Señalaron que la soberanía del pueblo podía destruir fácilmente la de los individuos. B. Constant se dio cuenta de que el problema fundamental que tienen los que quieren libertad individual negativa no es el de quién ejerce la autoridad, sino el de cuánta autoridad debe ponerse en sus manos. Sostenía que generalmente los hombres protestaban contra cualquier grupo determinado de gobernantes porque los consideraban opresivos, cuando la verdadera causa de la opresión está en el mero hecho de la acumulación misma de poder, esté donde esté. La democracia puede desarmar a una determinada oligarquía o a un determinado individuo o grupo de individuos, pero también puede oprimir a las personas de manera tan implacable como las oprimían los gobernantes anteriores.
Para Berlin lo importante es determinar cuán amplia puede ser el área, no de consenso, sino de disensión, de oposición y desacuerdo que una sociedad puede tolerar sin desintegrarse. Con razón insiste una y otra vez que, a diferencia de la libertad positiva, la libertad negativa no sólo ha sido negada u ocultada por los grandes sistemas filosóficos del siglo pasado y de éste, sino que principalmente es menos susceptible que su hermana la positiva de engendrar sistemas políticos nocivos para los seres humanos. Aunque al mismo tiempo, no deja de subrayar a sus críticos que también la libertad negativa, como la positiva, es compatible con la producción de grandes y duraderos males sociales y que ésta ha tenido su influencia en dicha producción. La libertad de los lobos frecuentemente ha significado la muerte de las ovejas. La sangrienta historia del individualismo económico y de la competencia capitalista sin restricciones así lo atestigua. Los males del laissez-faire sin restricciones, y de los sistemas sociales y legales que lo permitieron y alentaron, condujeron a violaciones brutales de la libertad negativa, de los derechos humanos básicos ( que son siempre una idea negativa, una muralla contra los opresores). Las libertades legales son compatibles con los extremos de explotación, brutalidad e injusticia.
Ahora bien la libertad no es el único valor que puede o debe determinar la conducta. Decir para Berlin que la libertad es un fin, es demasiado vago. La cuestión no está entre la libertad negativa, como valor absoluto, y otros valores inferiores. La relación es más compleja y dolorosa. Una libertad puede abortar otra; una libertad puede obstruir o dejar de crear condiciones que hacen posible otras libertades, o un grado mayor de libertad, o la libertad para más personas; la libertad positiva y la negativa pueden chocar entre sí; la libertad del individuo o del grupo puede no ser del todo compatible con un grado total de participación en una vida común, con la exigencia que esto lleva consigo de cooperación, solidaridad y fraternidad. El grado de libertad que goce un individuo, o un pueblo, para elegir vivir como quiera tiene que estar medido por contraste con lo que pretendan significar otros valores, como la igualdad, la justicia, la felicidad, etc. Por esta razón la libertad no puede ser ilimitada. El respeto por los principios de la justicia, o la deshonra que lleva consigo tratar a la gente de manera muy desigual, son tan básicos en las personas como el deseo de libertad.
Es una clara convicción de Berlin el hecho de que el mercado no puede resolver el gran problema de las necesidades humanas, y de que ciertos mecanismos correctores son necesarios, aunque para fijarlos hay que partir de un convencimiento: los valores, los más grandes, chocan, entran en conflictos irresolubles y entonces sólo cabe el recurso de la opción. Es mejor, dice Berlin, enfrentarse a este hecho intelectualmente incómodo que ignorarlo, o, lo que es peor, suprimir por completo uno de los valores que está en competencia pretendiendo que es idéntico a su rival, y terminar con ello deformando ambos.
La defensa que mantuvo durante los años 50 y 60, en el contexto de la Guerra Fría, de la libertad en la historia, su énfasis en la libertad negativa, su pasión por la libertad moral o personal son una clara reacción contra los excesos metafísicos del siglo XIX y frente a tanto reduccionismo y determinismo que científicos y filósofos de todas las tendencias han profesado durante este siglo. Es más, sus críticas no se circunscriben a este contexto sino que se internan mar adentro hasta llegar al núcleo mismo del racionalismo ético kantiano al que Berlin le opone el carácter individual de las preferencias y la irresoluble oposición entre valores. Frente a la Razón reivindica las razones del individuo de carne y hueso, así como la inevitabilidad de la libertad de opción frente a la identidad, abriendo caminos hacia la sociedad plural. Pluralismo moral y político, que se radicalizará en las próximas décadas, en los años 70 y 80, al defender la inconmensurabilidad de las culturas.

Pluralismo frente a monismo: el conflicto de valores

Frente al monismo de Hobbes, Kant o Marx, centrados en el orden social, el imperativo de la razón o el determinismo-tecnológico, respectivamente, Berlin se interesa por autores ignorados, marginados o malinterpretados. La lectura de los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio de Maquiavelo, supondrá una conmoción en la trayectoria intelectual de Berlin: <<La idea que esto sembró en mi mente fue que comprendí, y fue una especie de conmoción, que no todos los valores supremos que perseguía la humanidad en el presente y había perseguido en el pasado eran necesariamente compatibles entre sí. Esto socavó mi supuesto anterior, basado en la philosophia perennis, de que no podía haber conflicto entre fines verdaderos, entre respuestas verdaderas a los problemas básicos de la vida>>. Luego Berlin se tropezó con La sciencia nuova de Giambattista Vico, del cual en Oxford casi nadie había oído hablar. Más tarde, empezó a leer espontáneamente al pensador alemán del siglo XVIII J.G. Herder, al que también ayudó a rescatar de su relativo olvido entre los filósofos. Vico hizo ver a Berlin el carácter plural de las culturas, su inconmensurabilidad y, por tanto, la imposibilidad de reducirlas a una síntesis final. Vico se anticipa a la moderna antropología social al afirmar que es posible comprender otros tiempos y otras civilizaciones por medio de la imaginación, facultad indispensable para el conocimiento histórico. Herder, el máximo inspirador del nacionalismo cultural, frente al universalismo cosmopolita de la Ilustración francesa, descubrió a Berlin el Volk, la importancia del sentido de pertenencia al grupo de las personas, el valor de la variedad y la espontaneidad, de los caminos diferentes y peculiares que han de seguir los pueblos, cada uno con su propio estilo, con sus formas de sentir y expresarse, así como su oposición a que todo se mida con las mismas reglas intemporales, con los mismos valores válidos para todas las épocas, universales e inmutables.
Todas estas lecturas, y otras que por razones de espacio no puedo abordar, condujeron a Berlin a los supuestos clave de la tradición occidental. Para Berlin el núcleo central de la tradición intelectual de Occidente se ha apoyado, desde Platón, en tres dogmas indiscutibles: a) todo problema auténtico sólo puede tener una solución verdadera y sólo una, siendo todas las demás desviaciones de la verdad y en consecuencia falsas; b) existe un método para descubrir esas soluciones correctas: el logos para los estoicos y otros antiguos, la palabra divina para los hebreos, cristianos y musulmanes, la razón para racionalistas, ilustrados y modernos; c) todas las soluciones correctas deben ser, como mínimo, compatibles entre sí, hasta formar, juntas, un todo armonioso. Estos tres supuestos fundamentan el universalismo occidental y laten en el pensamiento utópico.
Este monismo filosófico lleva implícito una concepción del ser humano que no es la de un sujeto trágico en continuo conflicto consigo mismo y con la realidad que le rodea, sino una concepción racionalista según la cual lo que constituye la esencia del ser humano no es otra cosa que la vida racional. Todos los racionalistas, desde Platón hasta Comte, pasando por la Ilustración y los dos siglos de Modernidad en ella inspirada, se han alimentado del monismo, de la presunción de que la realidad constituye un todo armonioso, una estructura racional que el hombre, por su misma naturaleza racional, es capaz de captar y gracias a lo cual puede llegar a ser plenamente feliz y virtuoso. Berlin piensa que Herder, y antes que él Vico, fueron los destructores de esta visión unitaria del mundo y del hombre. Ambos rechazaron la idea de la Ilustración de que el hombre, en cualquier país y en cualquier época, tenía valores idénticos. Para ellos la pluralidad de culturas es irreductible. En realidad la contra-Ilustración de finales del siglo XVIII era fundamentalmente un rechazo al gran mito de la solución total, al conocimiento perfecto y a la felicidad perfecta. Esta pluralidad de culturas, a su vez, permite a Berlin teorizar y destacar la importancia que volvían a tener los nacionalismos en este cambio de época, dejándonos algunos ensayos y reflexiones originales como: La rama doblada o Nacionalismo: pasado olvidado y poder presente, recogidos en El fuste torcido de la humanidad y Contra la corriente, respectivamente.
El monismo filosófico, tanto griego como medieval, renacentista e ilustrado, ante el que reacciona el movimiento romántico ( ilustrado o no ilustrado), ha sido rechazado por muy pocos pensadores a lo largo de la historia. Berlin está en sintonía y sigue la pista de dichos pensadores como los ya mencionados Maquiavelo, Vico, Herder, o como Montesquieu, Hume..., todos ellos penetrantes historiadores que aprendieron de la historia la pluralidad de los valores y fines últimos que han inspirado a los seres humanos. De la lectura de todos ellos Berlin sacó la conclusión de que el hecho de que algunos Grandes Bienes no puedan vivir juntos es una verdad conceptual. Los valores pueden chocar. Puede haber incompatibilidad entre culturas o grupos o entre grupos de la misma cultura. Los valores pueden chocar dentro de un mismo individuo, pero eso no significa que unos hayan de ser verdaderos y otros falsos. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable. La libertad total para los poderosos, los dotados, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y menos dotados. La igualdad puede exigir que se limite la libertad de los que quieren dominar; la libertad puede tener que reducirse para conseguir un mayor bienestar social. Estas colisiones de valores, dice Berlin, son de la esencia de lo que son y de lo que somos.
Berlin critica el dogmatismo y el absolutismo y defiende un pluralismo que no debe confundirse con el relativismo cultural ingenuo. El hecho de que las culturas sean muchas y diversas, el que cada una de ellas exprese escalas de valor distintas e incompatibles con otras, no quiere decir que no las podamos conocer y comprender ( lo que Vico llamó entrare), ni que se deban ver todos los valores, los ideales y las formas de vida como igualmente buenos. Esta capacidad de comprensión es lo que lleva a Berlin a defender un mínimo mundo moral común a través de la historia compatible con la defensa de un radical pluralismo moral. El pensamiento de Berlin es una defensa del pluralismo no relativista, una defensa de la libertad frente al determinismo desde una lúcida concepción del ser humano <<que es a la vez trágica y tranquila>>.
La persistencia en Occidente a lo largo de los siglos de este monismo filosófico, Berlin lo atribuye al hecho de que tal fe en un criterio único, en una solución final, ha sido siempre una fuente de profunda satisfacción para el hombre, tanto para sus emociones como para su intelecto. El hecho de descansar en el lecho de un dogma tan cómodo puede proporcionar satisfacción pero no una comprensión de lo que es ser humano. La sociedad buena, la sociedad decente berliniana, no quiere saber de seres humanos sin fisuras. Como gusta decir a Berlin citando las palabras que una vez dijera Immanuel Kant: <<de la madera torcida de la humanidad no se hizo nunca nada recto>>. Desear un mundo mejor, no significa el mejor de los mundos. Frente a la solución final, la plena armonía, la sociedad perfecta, Berlin nos propone la alternativa de un modesto ideal, la de una sociedad abierta y flexible que contenga una alta capacidad de integrar valores en conflicto y formas de vida diferentes, e incluso opuestas y cuyo empeño permanente sea la de <<mantener un equilibrio precario que impida la aparición de situaciones desesperadas, de alternativas insoportables>>.
Frente a tanto pensamiento único, espíritu homogeneizador, polarización, maniqueismo e idiotización reinante en cenáculos culturales y círculos políticos, periodísticos, radiofónicos, televisivos, académicos... la lectura de Isaiah Berlin es un inmejorable antídoto, además de un placer, tanto por la profundidad de su pensamiento como por la sencillez de su estilo, que sienta como la brisa fresca de las mañanas otoñales de nuestra costa.