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Kepa Bilbao Ariztimuño

¿Un siglo chino o chino-americano?

El Correo, 30 de septiembre de 2026

            En los últimos tiempos se ha extendido la idea del declive del imperio americano y como ha sucedido en la historia con los imperios (griego, romano, español, británico…) este también acabará cayendo. China ocupará su lugar y el siglo XXI será recordado como el siglo chino. La tesis responde a una visión cíclica de la historia. Sin embargo, en mi opinión, la realidad actual es bastante más compleja que las grandes transiciones imperiales del pasado, no estamos ante una sustitución sencilla de un poder por otro.

Los cambios de liderazgo internacional producidos entre los imperios europeos o entre el Reino Unido y Estados Unidos tuvieron lugar en un contexto caracterizado por menores niveles de interdependencia económica y una estructura internacional más concentrada. Cuando Estados Unidos superó al Reino Unido, ambos compartían idioma, cultura política, sistemas financieros similares y, además, Londres terminó aceptando el ascenso estadounidense. No hubo una guerra hegemónica directa entre ambos.

La relación China-Estados Unidos es mucho más compleja. Compiten por la influencia global, son rivales estratégicos, pero también socios comerciales, acreedores mutuos, inversores y actores fundamentales en las cadenas de suministro globales. Esta circunstancia dificulta concebir la relación entre ambos como un simple juego de suma cero.

Además, los indicios de decadencia estadounidense, aunque suelen apoyarse en indicadores reales -polarización política, pérdida relativa de peso económico, deterioro de las relaciones con aliados tradicionales (empezando por la Unión Europea) o desgaste de determinadas intervenciones internacionales- conserva ventajas muy difíciles de reemplazar. Estados Unidos continúa liderando buena parte de la innovación tecnológica mundial, alberga las universidades más influyentes, mantiene la principal moneda de reserva internacional, dispone de una red de alianzas global sin precedentes y fortaleza militar. Pese a que en todos esos ámbitos decae sin cesar, ninguna otra potencia reúne simultáneamente semejante combinación de ventajas.

China, una nación pobre y atrasada hace muy pocas décadas ha logrado superar a Estados Unidos en muchos de los indicadores estratégicos más relevantes. Ha protagonizado uno de los ascensos más extraordinarios de la historia económica moderna. Su capacidad industrial, tecnológica y financiera la ha convertido en un actor indispensable para la economía mundial. Practica una política exterior blanda, no de imposición sino de seducción. En numerosos sectores productivos ya es una potencia difícilmente igualable. Al mismo tiempo, ha logrado algo importante como mantener abiertos los canales de diálogo con Washington mientras fortalece, sin aparentes fisuras, su entendimiento estratégico con Moscú. Pero, a la vez, diferenciando con claridad su acercamiento táctico a Washington de su alianza estructural con Moscú.

Ahora bien, también enfrenta desafíos significativos: el envejecimiento de su población, el elevado endeudamiento de algunos sectores, las dificultades derivadas de la transición hacia un modelo económico basado en la innovación y el consumo interno, así como las tensiones geopolíticas que acompañan a su creciente protagonismo regional e internacional.

Pensar el siglo XXI con categorías propias de los siglos XIX o XX, conduce al error. El poder ya no depende únicamente del control territorial o militar. Hoy se distribuye entre centros tecnológicos, financieros, científicos e industriales que pueden coexistir simultáneamente. Estados Unidos domina algunos de ellos y China domina otros. Y junto a ambos emergen actores como India, la Unión Europea o diversas potencias regionales con capacidad creciente de influencia.

Lo que China plantea en sus papeles es una reforma y actualización del sistema internacional. Al contrario que EEUU, defiende el mantenimiento actualizado de la ONU como “núcleo” del sistema, y apuesta por abrir espacios mayores a los países en desarrollo y del Sur Global. Considera el multilateralismo como mecanismo procedimental para abordar los desafíos globales.

Todo apunta a que lo más razonable es pensar que ninguna potencia alcance la hegemonía global tan clara como tuvieron el Reino Unido en el siglo XIX o Estados Unidos tras la Guerra Fría. El mundo va hacia una configuración asimétrica, pero multipolar.

China y Estados Unidos seguirán siendo los principales polos del sistema internacional durante las próximas décadas, pero en un contexto crecientemente multipolar. Junto a ellos, además de Rusia, actores como la Unión Europea, India o diversas potencias regionales desempeñarán un papel cada vez más relevante en la gobernanza global.

Quizá dentro de cien años los historiadores lo recuerden como el siglo chino-americano: una era marcada por el equilibrio, la rivalidad y la interdependencia entre las dos grandes potencias de nuestro tiempo, no exento de conflictos y guerras proxy (por delegación), en el que ninguna alcance una hegemonía indiscutida, pero en el que ambas condicionen decisivamente la evolución de la economía, la tecnología y la política internacional.

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Una puntualización histórica: Hablar de un “imperio griego” no es exactamente equivalente a hablar del Imperio romano, español o británico. “Imperio griego” se utiliza normalmente de forma más amplia para referirse a distintas potencias de tradición o cultura griegas que ejercieron su dominio sobre grandes territorios, pero no existió un único “Imperio griego” a lo largo de la historia. Durante toda la Antigüedad, a diferencia de Roma, la historia política de la Grecia antigua estuvo caracterizada durante buena parte de su desarrollo por una elevada fragmentación en poleis y reinos, con sucesivas hegemonías —Atenas, Esparta, Tebas y, posteriormente, Macedonia— en lugar de una continuidad imperial griega.