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Intervención de Kepa Bilbao Ariztimuño en la presentación/coloquio del libro Repensar la guerra. Tradición moral, realismo bélico y pacifismo jurídico (Catarata, 2024), en la Bolsa del Casco Viejo de Bilbao.

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He preparado, a modo de marco introductorio, unas notas, unas reflexiones, centradas fundamentalmente en el concepto de la guerra, su naturaleza y sus causas. No abordaré temas como el de su justificación moral, más allá de algún breve apunte, ni el de su rechazo y falta de justificación de los distintos pacifismos, ni otros temas que se tratan en el libro y que los podremos comentar luego.

Todos y todas hemos oído o leído alguna vez la máxima “si quieres la paz, prepara la guerra”, si tuviera que expresar con una sentencia mi intención con este libro sería “si quieres la paz, conoce la guerra”.

Es indiscutible la importancia de pensar la guerra si lo que se persigue es la paz. Más aún hoy en día en la que los líderes europeos nos vienen advirtiendo de la posibilidad de una nueva guerra que involucre a toda Europa y en la que ha resurgido la amenaza atómica acompañada del discurso belicista.

Es verdad que no tienen por qué materializarse los peores presagios. Pero desde luego asistimos a un momento crítico en el que debemos estar vigilantes.

A la hora de abordar cualquier conflicto social, lo primero que hay que hacer es reconocerlo como tal, precisar y delimitar en qué consiste. Así pues, la primera pregunta que deberíamos hacernos es:

¿Qué es la guerra?

Si yo os preguntara cómo definiríais la guerra e hiciéramos una ronda, seguramente habría una gran variedad de respuestas, la misma variedad, por otro lado, que existe si analizamos las distintas definiciones de quienes han pensado o reflexionado sobre ella.

La guerra es violencia…… pero no toda violencia es guerra.

Quien más quien menos ha pensado y discutido sobre la violencia, es un tema familiar, ya sea la represión política del Estado, la violencia de ETA, la violencia islamista radical, la violencia machista… pero sobre la violencia específica que es la guerra, como concepto, no en sus casos concretos, eso ya no es tan frecuente.

Responder a la pregunta “¿qué es la guerra?” no es algo sencillo, la guerra es un fenómeno dinámico que nos acompaña desde el inicio de los tiempos y que ha cambiado y seguirá cambiando, adaptándose a los desarrollos políticos, sociales y tecnológicos de cada época.

Su estudio abarca diversas disciplinas, desde la historia, la sociología, el derecho, la política hasta la ética, la economía, la psicología, la estrategia militar y la arqueología. Su caracterización no resulta sencilla, depende del enfoque que se adopte; la más básica es la que la define como un conflicto armado entre dos o más grupos, generalmente naciones o Estados, que busca imponer la voluntad de uno sobre el otro mediante el uso de la fuerza y la violencia. En parecidos términos la definió hace 200 años Carl von Clausewitz, considerado el teórico de la guerra por excelencia.

Como veis, es una definición descriptiva y no prescriptiva o valorativa. En sentido valorativo, el problema de la justificación de la guerra, viene asociándose al bellum iustum, al de la justa causa bélica, desde la doctrina teológico-política medieval de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino hasta el relato moderno y secular de pensadores políticos como Michael Walzer, quien, desde la filosofía política normativa y desde una óptica laica y de izquierdas, ha retomado las antiguas ideas medievales para evaluar la moralidad de la guerra actual.

¿Y, la Paz?

En la cruz de la moneda también las definiciones de paz han sido variadas y discutidas.

Pensad por un momento cómo definiríais la paz.

Comprobaréis que es algo mucho más complejo que definir la guerra.

La tradición teórica sobre la paz ha legado una distinción importante entre dos enfoques fundamentales, uno descriptivo y otro valorativo. El descriptivo suele ser puramente negativo, definiendo la paz como ausencia de guerra. Una definición que deja sin prejuzgar el valor moral que deba atribuirse a la paz.

Sin embargo, la concepción valorativa, esto es, la valoración positiva de la paz, es un concepto más complejo, su definición es más amplia y variable, ya que no solo se refiere a la ausencia de guerra, sino también a un estado de bienestar, de justicia social, de estabilidad política y de resolución pacífica de las causas subyacentes de la violencia.

Y, ¡claro! ¿cómo se puede medir esto? ¿cómo se mide el bienestar, la justicia social…? La guerra tiene indicadores claros, como el número de muertos o de destrucción, pero el concepto de paz es muy difícil de medir, es más subjetiva y depende de factores cualitativos como la equidad, la seguridad y el bienestar.

Además, toda definición positiva que hagamos de la paz está expuesta al peligro de servir de justificación para iniciar una guerra, o, en el mejor de los casos, a la confusión de considerar no pacífica una situación no bélica. No está lejos la época, ya muerto el dictador, aprobada la constitución y conquistadas las libertades básicas, en que algunos seguíamos considerando que sin derecho a la autodeterminación no se podía hablar de paz en Euskadi y otros muchos que su negación justificaba matar a quien se le opusiera.

Cuando hoy pensamos, por ejemplo, en la paz en Ucrania, ¿en qué tipo de paz estamos pensando? ¿Qué paz es posible en Ucrania, o entre palestinos e israelíes? ¿Es posible conseguir la paz sólo militarmente? ¿es posible esperar una paz que no implique una renuncia territorial? ¿que reconozca formalmente a los ucranianos su derecho a decidir plenamente su política exterior?

Para unos, una Ucrania mutilada territorialmente, pero independiente, sería una paz aceptable. Para otros, la única paz justa sería la vuelta a su estado anterior a la invasión rusa y, para los que abogan por una paz absoluta o integral, no habrá paz hasta que se eliminen todas las estructuras de opresión, discriminación y explotación.

Hablar de paz inestable, precaria o injusta, no tiene nada de contradictorio, de hecho, son descripciones que pueden reflejar diferentes realidades sociales y políticas en las que las condiciones de paz no son absolutas ni definitivas. En la práctica, este tipo de paces son comunes en contextos donde los acuerdos de paz se imponen sobre realidades profundamente conflictivas, con numerosas cicatrices y heridas abiertas. En esos casos, la paz puede ser más un “pacto de no agresión” que una reconciliación genuina y duradera.

La paz perpetua y perfecta podrá ser un tipo ideal de paz y un deseo muy loable, difícilmente, por no decir imposible, de alcanzarlo en su totalidad, pero no es la única paz posible. Muchas veces esta paz verdadera, utilizada de forma retórica, no deja de ser una huida demasiado fácil del planteamiento de los problemas y conflictos prácticos que suelen presentarse entre los distintos valores.

La paz no tiene que ser ideal o perfecta para ser valiosa.

En realidad, quien desea la paz suele verse obligado a elegir entre desearla más o menos que otros valores. Si, por ejemplo, en el caso de Ucrania, la integridad territorial perdida en 2014 se considera como el valor máximo, la paz por territorio no sería una paz asumible.

Mientras que unos abogan por una solución diplomática negociada, otros piensan que cualquier tipo de acuerdo que implique concesiones por parte de Ucrania podría ser visto como una derrota, no solo para Ucrania, sino también para la comunidad internacional, que ha apoyado a Ucrania en su derecho a la soberanía y a la integridad territorial. Además, existe el temor de que cualquier concesión a Rusia podría sentar un precedente peligroso para otros conflictos geopolíticos. Las exigencias máximas de Rusia y el dilema existencial de Ucrania significan que los términos de la negociación serán extremadamente difíciles de conciliar.

Hoy ninguno de los dos bandos enfrentados está en condiciones de lograr sus objetivos maximalistas imponiendo su dictado por la fuerza a su enemigo. En esta situación, para poner fin a la terrible tragedia humana que está suponiendo esta guerra y siendo consciente de que es una solución discutible, tal vez merecería la pena considerar una paz negativa, un alto el fuego inmediato, para parar la matanza de soldados y civiles, la destrucción y el sufrimiento de la población, y dejar para más adelante la paz positiva, algún tipo de acuerdo de paz que permita acomodar las pretensiones de cada uno de ellos. Además, si atendemos a la última encuesta del Instituto Gallup del mes pasado, el 52% de los ucranianos prefiere una paz lo antes posible a luchar hasta la victoria. El año pasado, este 52% era del 27%. Esta tendencia se ve confirmada por otras estimaciones y se suma a otras evoluciones en el resto de Europa.

La paz raramente resulta satisfactoria para las partes, pero a veces, una paz imperfecta puede ser un paso hacia una mayor estabilidad y justicia. La paz positiva hay que concebirla como un proceso continuo, dinámico y evolutivo. La paz siempre estará en un proceso de construcción y no como un estado estático o cerrado.

Volviendo al concepto de guerra, como he dicho, por más que la guerra conlleva violencia, siendo su medio más importante, no es simplemente una manifestación de ella, sino más bien una forma organizada y estructurada de conflicto armado entre grupos grandes que ha evolucionado a lo largo del tiempo en función de factores sociales, políticos, morales, económicos y tecnológicos. Además, la guerra está limitada en el tiempo y en el espacio y sometida a unas reglas jurídicas particulares, extremadamente variables según los lugares y las épocas, que normalmente se incumplen.

Por el contrario, la violencia puede manifestarse en muchas formas que no alcanzan la escala ni las características de una guerra. Me refiero a la violencia interpersonal (agresiones físicas, violencia doméstica, crímenes de odio, peleas callejeras, etc.), a la violencia machista, a la estructural (la pobreza extrema, el racismo institucional o la desigualdad de género), a la violencia política o de estado, al terrorismo, que aunque implica el uso de la violencia, no siempre es una guerra, o a los conflictos armados no convencionales entre pandillas, cárteles de drogas, etc.

La guerra generalmente tiene características específicas que la diferencian de estos otros tipos de violencia que acabo de mencionar, como:

Escala masiva: Son enfrentamientos entre grandes grupos organizados (naciones, ejércitos, milicias).

Tiene objetivos políticos o territoriales ya sea obtener poder, conquistar territorio o imponer ideologías.

Y además implica planificación y uso de recursos logísticos y militares significativos.

La guerra, aunque ha sido una característica recurrente a lo largo de la historia humana, no ha sido necesariamente la norma en todos los momentos ni en todos los lugares. En muchos periodos y lugares ha habido largas etapas de paz relativa.

Luego hay zonas donde la violencia ha sido menos habitual que otras. Este es el caso del África subsahariana, una zona que ahora lo asociamos entre lo peor, cuando África fue un continente relativamente pacífico comparado con Europa.

La realidad es que los genocidios, el exterminio planificado, los primeros en practicarlos son los europeos con los no europeos. Se puede decir que es patente europea. Lo fundamenta el arqueólogo Alfredo González Ruibal, en una investigación extraordinaria, a partir de los restos arqueológicos, en Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del Paleolítico a nuestros días. Un viaje en el tiempo y en el espacio a lo largo de un millón de años y cuatro continentes, desmontando clichés y tratando de comprender por qué y de qué manera los seres humanos se han masacrado unos a otros.

El ejercicio de la guerra desde que hace su aparición es universalmente masculino

Que no se malinterprete dicha constatación histórica deduciendo que en los hombres hay un gen belicista que no existe en las mujeres.

El género, al igual que la clase y la raza, impregnan la institución militar y la forma en que se practica la violencia. Como nos informa el arqueólogo González Ruibal, en el libro anteriormente citado, una forma específica de identidad masculina -patriarcal y agresiva- se desarrolló en paralelo a la guerra como institución. Los guerreros forman comunidades íntimas, con sus códigos, sus relaciones sociales y afectivas y su identidad de grupo. Este tipo de comunidades se crean también a través de prácticas materiales: mediante el empleo de determinados objetos (armas, uniformes), el consumo social de determinadas sustancias (alcohol, tabaco y otras drogas) y el uso de determinados espacios androcéntricos como cuarteles, santuarios, fuertes, campamentos y trincheras. La identidad de género se crea también a través de prácticas diferenciales de violencia, tanto por lo que se refiere a quienes la practican como a quienes la sufren. El ejercicio de la guerra desde que hace su aparición es universalmente masculino. Es cierto que existen numerosos casos mitológicos unos y atestiguados arqueológica e históricamente otros, de mujeres guerreras, amazonas, vikingas, Mayas, Aztecas, pero son minoría respecto a las sociedades donde la violencia institucional es asunto exclusivamente de varones. Y de hecho no existen sociedades donde la guerra sea solo tarea femenina.

Respecto a quienes sufren la violencia, los restos humanos, nos dicen los arqueólogos, dejan claro que no se suele matar igual a hombres y mujeres. Los múltiples y repetidos traumas perimortem, las que tienen lugar en el momento de la muerte, en los esqueletos femeninos revelan que las mujeres son más habitualmente víctimas de ensañamiento, lo que implica violación (aunque esto no pueden observarlo directamente en los restos humanos). Los varones suelen morir habitualmente (pero no siempre) en combate o en ejecuciones limpias. Es un patrón que los arqueólogos observan a lo largo de milenios y en culturas muy distintas. Una práctica que continúa en nuestros días. Hay que señalar que la violencia que se ejerce contra la población civil en las nuevas guerras es sobre todo una violencia contra las mujeres. En las guerras de los Balcanes de los últimos diez años fueron violadas de 20.000 a 50.000 mujeres; en Ruanda, durante y después del genocidio, la violencia sexual fue generalizada, casi todas las mujeres que sobrevivieron al genocidio fueron violadas, son cifras escalofriantes, entre 250.000 y 500.000 mujeres, además de que muchos de los 5.000 niños nacidos fruto de esas violaciones fueron asesinados.

Por otro lado, en Europa es donde primero se aplica la innovación tecnológica a la guerra, eso no sucedió en China, ni tampoco en América y buena parte de África subsahariana, sino todo lo contrario, se aplicaron tarde o marginalmente.

Así mismo, a partir de finales del siglo XV, el modo de guerrear, el modo europeo de hacer la guerra, así como el modo de pensar y actuar estratégicamente, se globaliza, se proyecta al resto del planeta.

Hoy nos encontramos con 56 guerras abiertas y con 92 países implicados en conflictos armados fuera de su territorio. Si tenemos en cuenta que hay 193 países miembros de la ONU, resulta que la mitad están metidos en una guerra y en 97 de ellos ha habido un deterioro del nivel de paz interno.

En los últimos cinco años, según el centro de investigación Armed Conflict Location & Event Data (ACLED), los conflictos globales se han duplicado. En el último año se ha registrado un 25% de aumento en incidentes de violencia política en relación al 2023. A lo largo de 2025, se espera que los niveles de violencia sigan siendo muy altos, es probable que se produzca un aumento anual del 20%. Sin embargo, los lugares, los contendientes y las formas de aumento del conflicto en 2025 podrían ser diferentes al patrón de 2024.

Pero, en todo caso, lo peor para mí no es solo que haya guerras en el mundo, sino constatar que ni tenemos la voluntad, ni nos hemos dotado de instrumentos adecuados para prevenirlas o, al menos, gestionarlas con mayor humanidad con arreglo a las normas establecidas en el derecho internacional humanitario. La ONU ha mostrado nuevamente su absoluta incapacidad para garantizar la paz y la protección internacional de los derechos humanos. Asistimos horrorizados ante el abuso impune de la fuerza en un orden internacional roto y en donde el hecho de que la mayor potencia del mundo esté presidida por Trump (un delincuente convicto, un mentiroso, un ególatra autoritario, un reaccionario del siglo XXI…) dice mucho o todo sobre la época en la que estamos.

De una geopolítica blanda a una geopolítica dura

Hemos pasado de una geopolítica blanda, la que tuvo lugar tras la segunda guerra mundial a una geopolítica dura. Violaciones flagrantes de los derechos humanos que están teniendo lugar en la guerra de Oriente Medio, por ejemplo, serían impensables en los años 80 o 90. El genocidio que está teniendo lugar con los palestinos, el ataque a los cascos azules en Líbano por parte del ejército israelí, la total impunidad con la que viene actuando el Estado israelí, hubiera sido impensable entonces sin que la comunidad internacional actuara de forma contundente con aplicaciones de duras sanciones y otras medidas.

Me preocupa la creciente retórica militarista. Trump aprieta a los europeos para que paguen más cuota a la OTAN y compren más petróleo y gas natural licuado en el mercado estadounidense. La vuelta a la mili gana adeptos en algunos estados europeos. Este nuevo militarismo europeo fortalece a la derecha radical y amenaza lo que hizo que la UE fuera un proyecto tan grande desde el principio, una forma diferente de pensar las relaciones entre países, basada no en la guerra y la fuerza militar, sino en la paz.

Hoy el centro de atención lo ocupa el oriente medio, pero esto no tenemos que perder de vista que el centro de gravedad de los asuntos mundiales está fijado en el Indo-Pacífico. El Indo-Pacífico es la región clave en la geopolítica global. Alberga algunas de las economías más grandes y de más rápido crecimiento, como China, India, Japón y los países del sudeste asiático. A medida que estos países siguen desarrollándose, su influencia económica, política y militar aumenta. El Indo-Pacífico no solo es un epicentro económico, sino también un área clave de rivalidad estratégica. Es crucial para las rutas de navegación globales, especialmente en el estrecho de Malaca y el estrecho de Taiwán, que son puntos clave para el comercio internacional, el transporte de energía y los suministros globales. Las tensiones entre China y Taiwán, o las disputas en torno a las islas del Pacífico, generan una gran preocupación a nivel mundial.

El orden internacional y su entramado institucional están hechos a imagen y semejanza de occidente con EEUU a la cabeza que es por encima de todo el hegemon mundial.

China no participó en la constitución de ese orden internacional, China cuando se repartieron las cartas no existía. La ONU concedió la representación de China en 1971 quitándosela a Taiwan. Pues bien, hoy es la segunda potencia económica, se estima que tiene 300 cabezas nucleares frente a las casi 6000 de EEUU, es la fábrica del mundo y dice “quiero un espacio”. Un dato, en 1978 China representaba el 1,8% del PIB mundial, hoy representa el 19%., en términos de PIB absoluto. En términos de poder adquisitivo China sería la primera economía del planeta. Con estas dimensiones ya no se puede despreciar a China, apartarle del juego en el espacio internacional. China aprovechó muy bien la entrada en la OMC con Clinton para acabar como digo convirtiéndose en la fábrica del mundo.

Pues bien, en la nueva guerra fría que vivimos, el pulso central hoy, no es entre Rusia y EEUU, sino el que se da entre China y EEUU.

Un par de cosas sobre las causas de la guerra

El hecho de que la guerra ha sido una constante histórica, suscita inmediatamente el tema de las causas, de si es una característica esencial de la condición humana, de la discutida naturaleza humana y/o de nuestras estructuras sociales.

No me refiero al conflicto en general, algo que es inherente al ser humano, y que con mucha frecuencia se convierte en violento, pero que menos habitualmente se transforma en guerra.

Este tema, el de las causas del conflicto armado, de la guerra, es profundamente debatido en la filosofía, la historia y las ciencias sociales y tiene interés su teorización a la hora de formular posibles propuestas a propósito de los medios para evitar las guerras. Eso sí, partiendo de la aceptación de que las causas de las guerras pueden ser variadas, complejas y con distinto peso en cada situación. No creo que se puede afirmar con fundamento que existe una sola Causa, con mayúscula, de la guerra, única o privilegiada, ni siquiera una causa última.

Las doctrinas sobre las causas de la guerra podríamos agruparlas en dos grandes grupos: las genetistas o biologicistas y las ambientalistas o culturalistas.

Mientras que el primer grupo sugiere que la guerra es un resultado natural de instintos competitivos y agresivos profundamente arraigados en nuestra biología, como la sostenida por el etólogo Konrad Lorenz, uno de los pioneros en el estudio del comportamiento animal, o la más abstracta de la pulsión de muerte de la que habló Freud, el segundo grupo sostiene que la guerra es una construcción cultural y una consecuencia de factores históricos y sociales específicos, con independencia del modo de ser de los humanos en cuanto tales y que puede superarse con cambios institucionales, educativos y morales.

Desde luego es una clasificación un tanto tosca, pero a efectos expositivos puede ser útil si no se la presenta de manera excluyente. Entre otras cosas, porque los humanos somos un resultado complejo de nuestras capacidades biológicas y del ambiente socio-cultural en el que crecemos, vivimos y nos movemos. Cuestión distinta y discutida es la proporción de unas y otro, de ahí la oposición básica de las dos tendencias.

Esta diferenciación tiene su interés por su correspondencia con otra dicotomía que es la que opone las aproximaciones individualistas a las holistas o globalistas, en la consideración del ser humano y la sociedad, cuando se aplica al problema de en qué medida los cambios históricos pasan o deben pasar más por la modificación de los individuos que por la reforma de las estructuras sociales o a la inversa. Es decir, cuando discutimos si primero tenemos que cambiar nosotros y nosotras para que cambie la sociedad o para que cambiemos nosotros y nosotras hay que cambiar primero la sociedad.

Para los realistas, la guerra es fundamentalmente una cuestión de poder, de interés, de necesidad y de supervivencia. La tradición realista se apoya en una concepción antropológica pesimista. Tiene una visión escéptica hacia cualquier idea tendente a pacificar de manera definitiva la comunidad internacional. Desde la perspectiva del realismo en las relaciones internacionales, la moral no ha lugar y razonar en términos éticos carece de sentido. La guerra es el resultado de la competencia entre naciones, una constante en la política internacional debido a la anarquía del sistema internacional, a la ausencia de un gobierno mundial. Proponen la vía de la paz a través de la diplomacia.

Los Estados, al actuar en su propio interés y sin una autoridad global que los regule, inevitablemente caen en guerras. Autores como el politólogo alemán Hans Morgenthau, considerado uno de los mayores teóricos de las relaciones internacionales y padre del realismo político contemporáneo, del que me ocupo en el libro, han sostenido que el conflicto es una consecuencia natural del sistema internacional. Es un dicho que los países no tienen amigos, sino intereses.

Desde la antropología, antropólogas reputadas como Margaret Mead sostenían que la guerra no es inherente a la humanidad, sino un invento social, lo que sugiere que, al igual que otras instituciones, puede ser cambiada o abolida.

En el marxismo, tanto la violencia como la guerra hunden sus raíces en las relaciones sociales de producción, las guerras son una consecuencia del capitalismo, de las rivalidades imperialistas y de la lucha de clases, no de la discutida naturaleza humana.

En mi opinión, si bien es un hecho que la guerra es un fenómeno recurrente de la experiencia humana, no creo que se pueda afirmar que la guerra es consustancial al ser humano.

Lo que si podemos constatar, desde una perspectiva global y de larga duración, es que las sociedades se han visto sometidas a lo largo de la historia a ciclos de violencia, a períodos de conflictos limitados y períodos de guerras extremas.

Así como la humanidad ha demostrado una gran capacidad para guerrear también ha demostrado una gran capacidad para la paz, la cooperación y la resolución de conflictos a través de medios no violentos.

Podemos decir, en definitiva, que conviven en nosotros y nosotras de forma permanente elementos contrapuestos, tanto fuerzas que impulsan al conflicto, a la guerra, como otras que promueven la paz y la cooperación, que se manifiestan de forma variada y con desigual fuerza en distintas situaciones.

Afortunadamente, los seres humanos somos demasiado complejos para que se nos pueda explicar mediante unos cuantos principios generales.

¿Por qué Clausewitz?

Para analizar la naturaleza de la guerra y entender las guerras contemporáneas, he partido en el libro de una época, las guerras napoleónicas (1803-1815), y de un autor, Carl von Clausewitz (1780-1831), no por azar, sino porque representan un punto de inflexión en la historia y la teoría de la guerra.

Quiero recordar que en el siglo XVII y XVIII, antes de Clausewitz y la Revolución francesa, las guerras, conocidas como guerras de “gabinete”, tenían lugar entre pequeños ejércitos constituidos mayoritariamente por soldados profesionales y mercenarios contratados. Guerras que normalmente se libraban con fines políticos estrictamente limitados.

La Revolución francesa decretó el fin de las guerras de “gabinete” y abrió las puertas a las guerras nacionales de masas. Lo que se pensaba hasta entonces es que al pueblo había que dejarlo fuera, que siguiera produciendo para tener recursos económicos y que era mejor que no tuviera nada que ver con la guerra porque introducía factores que influían negativamente en las decisiones.

Tras la Revolución Francesa y la introducción del servicio militar obligatorio, aparece el concepto de “ejército de masas”. Esto permitió a Napoleón disponer de ejércitos mucho más numerosos y con un gran espíritu de lucha nacionalista, ejércitos compuestos entre 300 y 600 mil ciudadanos-soldados.

Napoleón, en pocos años, derrotó a casi todas las potencias europeas y amplió la esfera de influencia de Francia hasta abarcar casi toda Europa.

La “manera napoleónica” de hacer la guerra revolucionó el arte militar del siglo XIX, introduciendo la guerra de masas, la movilidad táctica, el uso de batallas decisivas y un liderazgo carismático. Redefinió la estrategia y tuvo un impacto duradero en las doctrinas militares de los siglos posteriores. Clausewitz en su juventud vio la forma de hacer la guerra de Napoleón como la guerra en su forma desnuda y “pura”.

El tratado De la guerra de Carl von Clausewitz es una obra inconclusa, escrita hace más de doscientos años y que se presta a variadas interpretaciones. Tras numerosas revisiones Clausewitz manifestó que, de los 8 libros que componen el Tratado, solo le satisfacía el primer capítulo del libro primero, considerado su testamento intelectual.

De la guerra, por decisión propia, no se publicó en vida de Carl von Clausewitz. Falleció antes de terminar de revisarla.

Marie von Brühl, su mujer, consciente del valor de los escritos de su marido y deseando reivindicarlo, revisó y puso en orden las notas que había dejado, haciendo finalmente públicos los manuscritos.

Clausewitz, fue un general del ejército prusiano, partícipe y analista de las guerras napoleónicas. Desde niño conoce lo que es la guerra, se enrola como abanderado en un regimiento prusiano a la temprana edad de los 12 años.

Clausewitz, se ocupó de la naturaleza de la guerra y buscó las leyes que determinan el origen, el curso y el fin de la misma. Intenta buscar una explicación a la realidad de la guerra y examina las fuerzas que intervienen en ella. De la guerra es descriptiva, no prescriptiva y su condición analítica es la que le permite ser utilizada aún hoy.

Comenzó a analizar la guerra y su esencia desde la pura teoría, libre de todas sus circunstancias y como fenómeno humano. Veía la guerra como algo arraigado permanentemente en el espíritu de competencia de los grupos humanos.

En su primera definición, la guerra sería un duelo entre dos luchadores en una escala más amplia en la que cada uno trata de forzar al otro, empleando la violencia física, a obedecer su voluntad. A este concepto puro de la guerra lo denomina “guerra absoluta”, y como tal pone en juego el ascenso a los extremos y la aniquilación de uno de los contendientes, con todos los medios disponibles. Como idea pura no atiende a códigos éticos ni morales, ni a razones de benevolencia o humanidad.

La destrucción de Hiroshima y Nagasaki por bombas atómicas confirmó la posibilidad de ascenso a los extremos de la violencia, fue la aplicación bárbara del principio de aniquilación interpretado en sentido material.

Clausewitz, progresivamente, sobre todo tras la derrota de Napoleón en Rusia y Waterloo, fue constatando y comprendiendo que el ideal abstracto siempre estaba limitado por la realidad, que las guerras conducidas con objetivos militarmente limitados, alejadas de la esencia, son mucho más frecuentes que las guerras “perfectas”, lo cual le permitió pasar, en la etapa final de su vida, de la definición inicial de guerra absoluta a la definición de lo que él mismo denominó la “fantástica trinidad [o trilogía] de la guerra” distinguiendo tres elementos constitutivos de todas las guerras reales:

La interacción entre la pasión, el sentimiento de odio y hostilidad (que impulsa al pueblo), el juego de probabilidades y azares (que el general en jefe tiene que resolver) y los objetivos racionales (que el gobierno tiene que juzgar).

La guerra real, a diferencia de la absoluta y del duelo entre los dos luchadores, involucra a tres actores: el pueblo, el ejército y el Estado, singular trinidad que incorporará en la revisión final del libro.

La victoria se puede lograr de dos maneras: por KO, sería la guerra absoluta, o por puntos. Son los dos extremos o los dos tipos de guerra de los que habla Clausewitz. Paz impuesta, por una parte, paz negociada, por la otra.

A Clausewitz se le conoce por la versión de una de sus frases distorsionada en su traducción al castellano: la famosa frase “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. En el original, la cita real es más sutil y compleja. En su traducción el término continuación confunde más que aclara. El término no significa mero estadio posterior, sino parte estructural del mismo todo continuo. La guerra no reemplaza ni permuta a la política, sino que despliega una de sus posibilidades. La guerra no es más que la política por otros medios, no su continuación.

Clausewitz rompe con el sentido común de la época al señalar que la guerra no es una esfera social autónoma. Las doctrinas anteriores al siglo XIX habían estudiado la historia militar como una sucesión de hechos independientes, sin considerar la guerra en sí misma. Los tratadistas del siglo XVIII estudiaban política y guerra por separado. Se consideraban fenómenos disociados.

En los últimos años de su vida Clausewitz sienta las bases de su teoría, reconoce de manera explícita que la política también hace la guerra, que la guerra surge de la política, que la política determina su intensidad, le crea el motivo, le traza las grandes líneas, le fija los fines y, al mismo tiempo, los objetivos militares. El fin político constituye, pues, la consideración suprema en la conducción de la guerra.

Lo importante, lo trascendental de la definición de Clausewitz es el hecho de ser la guerra la política misma, no que la haga el Estado. Y subrayo esto porque, Clausewitz, al focalizar la guerra en el Estado, ha generado una tendencia a identificar la concepción clausewitziana de la guerra con un enfrentamiento entre Estados, entre contendientes de capacidades similares, con un conflicto simétrico, en términos convencionales.

Estas críticas que consideran la concepción clausewitziana de la guerra unilateralmente asociada a la guerra convencional interestatal no toman en cuenta que cuando el Estado pierde la titularidad exclusiva de la guerra y esta se hace en nombre de Estados en germen, o de partidos políticos, o de clases sociales, o de otros grupos de identidad común, no dejan de ser políticas por no ser guerras entre Estados. Lo mismo se puede decir de las llamadas guerras proxies o guerras por delegación.

Clausewitz utiliza la metáfora del camaleón para describir la naturaleza cambiante y multifacética de la guerra, señala que la guerra no es algo fijo ni predecible, sino que se adapta a las circunstancias y condiciones que la rodean, nos advertía que la historia de la guerra no sigue modelos de desarrollo unidireccionales

Aun cuando la mayor parte de los conflictos contemporáneos son intraestatales, el pensamiento clausewitziano posee coherencia lógica y utilidad para comprender un tiempo donde la guerra no parece extinguirse. Esto no quiere decir que no merezca una nueva y actual lectura, en razón de su vigencia y de sus implicaciones para el mundo de hoy.

Se puede decir que De la guerra, es el tratado que más ha influido no sólo en la teoría militar. Generaciones enteras de pensadores de los más diversos ámbitos de la actividad intelectual lo han leído y ha tenido seguidores tanto de derechas como de izquierdas.

En el libro dedico un capítulo a la influencia de Clausewitz en el pensamiento marxista, en sus fundadores, en Karl Marx y Friedrich Engels, en Vladimir Lenin -con quien el prusiano pasará a formar parte del corpus teórico comunista-, en Mao, Ho Chi Minh, Võ Nguyên Giáp, caso diferente fue el de Ernesto “Che” Guevara, en cuya teoría foquista la trinidad de Clausewitz es inexistente al poner el foco guerrillero en primer plano y creyendo que la política seguiría de mal o buen grado al estallido violento. En el foquismo, el peso de la lucha lo soporta un grupo guerrillero que no obedece órdenes de un órgano político y que no interactúa con la población de forma permanente, sino que más bien espera que la población se sume a él.

Entender adecuadamente la esencia de la guerra y su aspecto trinitario -pueblo, ejército y líderes- fue clave para el éxito de Mao, Ho Chi Minh y Giap, no alcanzar la “pasión del pueblo” fue clave en la derrota del Che en Bolivia.

Clausewitz acabaría siendo “purgado” en el movimiento comunista internacional por Stalin, tras la segunda guerra mundial, al considerarlo caduco como autoridad militar, no así por Mao.

La teoría de la guerra justa 

En la segunda parte del libro abordo el estudio de la tradición moral de la guerra. Esto es, la teoría de la guerra justa (bellum iustum), que ha sido elaborada y refinada desde la Antigüedad clásica hasta la actualidad.

Inspirada en Cicerón, esta tradición, surgió como reacción a la inclinación pacifista del cristianismo primitivo con el objetivo de legitimar la guerra desde el punto de vista moral, religioso y político.

Guerra justa asocia dos términos que se sitúan en planos conceptuales diferentes: uno, la guerra, en el plano de la política; y otro, justa, en el de la ética o el derecho, según se mire.

Para sus partidarios, la guerra es siempre un crimen, un infierno, pero resulta en ocasiones justificable. ¿Qué justifica una guerra? ¿Es posible una guerra justa? ¿Y, qué se considera una paz justa? No es, acaso, guerra y justa, un oxímoron, una pura contradicción de los términos. ¿Puede una guerra, por justa que sea, ser verdaderamente positiva o moralmente correcta? ¿Son inevitables las guerras?

Muchas veces la elección no es entre un bien y un mal sino entre dos males -el mal de una guerra con las consecuencias de horror, destrucción y muertos que implica, y el mal que puede tener lugar si no se produce la guerra y no se para al agresor.

La “teoría de la guerra justa” la componen tres elementos fundamentales: al primero se le denomina ius ad bellum, y consiste en las razones que justificarían ir a la guerra, en qué circunstancias sería lícito recurrir a la fuerza y quién tiene autoridad para ello, el segundo elemento, el ius in bello, se centra en los medios que se emplean para hacer la guerra justa, en qué límites han de fijarse al empleo de la fuerza por los contendientes y un tercer elemento el ius post bellum, se ocuparía de las condiciones de una paz justa, de la responsabilidad por crímenes de guerra y su persecución penal, o las compensaciones a causa de la guerra, entre otros asuntos.

Tras asumir que la guerra nunca podría ser ni abolida por decreto ley, ni erradicada de la realidad del ser humano, se hizo necesario intentar contenerla para evitar que se convirtiera en algo absoluto. La ética ejerce ese papel regulador que evita que la guerra se escape al control político y se degrade en la barbarie. Podríamos decir que mitiga los males de la guerra, reduce las probabilidades de abuso. La aplicación por los Estados de los principios de la doctrina de la guerra justa serviría, cuando menos, para no añadir más horror al horror. La tradición de la guerra justa es muy exigente, muy matizada y no es su finalidad legitimar guerras o hacer una apología de la guerra. De hecho, muchas no pasarían el filtro.

Pero al mismo tiempo, en términos generales, las diferentes versiones de la doctrina de la guerra justa han resultado, a menudo, ser funcionales a los intereses del poder de turno. Han sido manipuladas y utilizadas para legitimar acciones militares que en muchos casos respondían, más que a principios morales o éticos genuinos, a intereses particulares de la Iglesia y del Estado que las llevaba a cabo. Este uso instrumental es evidente en distintas épocas y contextos, donde las potencias dominantes reinterpretan los principios de la guerra justa para justificar guerras que, en la práctica, se han llevado a cabo -y se siguen promoviendo- por motivos de expansión territorial, de control de recursos, o de hegemonía política.

En la tercera parte del libro, analizo las principales corrientes de la ética de las relaciones internacionales que rivalizan con la doctrina de la guerra justa, el realismo (Tucídides, Maquiavelo, Hobbes, Morgenthau) y el pacifismo relativo, absoluto y jurídico.

Será la tradición de pensamiento de los pacifistas jurídicos que va de Kant, Kelsen o Bobbio hasta Ferrajoli la que rivaliza más con la doctrina de la guerra justa.  Para los pacifistas jurídicos la paz no es un problema moral, sino de técnica jurídica. La finalidad del pacifismo jurídico será la de hacer del derecho internacional el instrumento para acabar con las guerras.

Pues bien, de estos temas y algunas cosas más, que seguramente comentarán a continuación Imanol Zubero y Roberto Uriarte, trata este libro, que espero, si tenéis la paciencia de leerlo, os resulte de algún provecho en vuestra reflexión personal sobre este hecho humano que nos acompaña desde el inicio de los tiempos, con la esperanza puesta en un mundo más justo y pacífico.

                                                                                                   Bilbao, 18-12-24