Kepa Bilbao Ariztimuño
La sombra que no se extingue
El Correo, 3 de enero de 2026
La guerra nos acompaña desde que tenemos memoria. Está en los mitos fundacionales, en los textos sagrados, en las epopeyas y en las crónicas que narran el nacimiento de los pueblos. Tan antigua como el fuego, tan persistente como el miedo, la guerra se nos presenta como una presencia constante, una sombra que nunca termina de desaparecer del horizonte humano.
Pero la pregunta persiste: ¿por qué la guerra parece inseparable de nosotros? ¿Es una pulsión que brota de lo más hondo de nuestra naturaleza, o el resultado de la forma en que nos hemos organizado como sociedad? ¿Tenía razón Heráclito al decir que “la guerra es el padre de todas las cosas”, una fuerza que engendra movimiento y transformación?
No se trata aquí del conflicto cotidiano —inevitable en toda vida social—, sino de su expresión más extrema: esa violencia organizada, racionalizada y colectiva que llamamos guerra.
A lo largo de los siglos, filósofos, historiadores y científicos sociales han intentado desentrañar sus causas, discutir sus raíces y, sobre todo, imaginar cómo evitarla. Algunos han buscado las explicaciones en la biología: instintos de competencia y agresión que compartiríamos con otras especies, como sugirió el etólogo Konrad Lorenz, o la pulsión de muerte de la que habló Freud. Otros, en cambio, ven en la guerra un producto de nuestras estructuras sociales, económicas y políticas, una invención cultural más que una condena natural. Quizás ambos tengan parte de razón. Somos, al fin y al cabo, criaturas biológicas que inventaron la cultura, y en esa doble condición se esconde tanto la semilla del amor como la de la destrucción.
El conflicto habita en nosotros. Todos experimentamos en la convivencia la ira y la violencia —y también la pena y la tristeza—, pero igualmente la alegría, el apego, el deseo o el instinto de juego. Las emociones, como ya propuso Aristóteles, pueden ser educadas para lograr ser la mejor versión posible como persona, a la vez que utilizadas a favor de una buena convivencia. Soy de la opinión de que la tendencia a la violencia, a la agresividad humana, es una disposición no automática que el ser humano puede o no activar; no constituye una determinación natural o genética. La existencia de la guerra está más relacionada con decisiones específicas de individuos y contextos sociales que con una necesidad biológica.
De Agustín a Hegel: pensar la guerra
San Agustín, en La Ciudad de Dios, vio la guerra como el reflejo de la lucha interna entre el bien y el mal que habita en cada ser humano. Maquiavelo, más pragmático, la consideró una constante de la política: el príncipe, decía, debía estar siempre preparado para ella, no solo para defenderse, sino también para mantener y ampliar su poder. Hobbes interpreta la guerra como una condición natural del ser humano en su estado primitivo, donde todos luchaban contra todos, y solo el establecimiento de un poder soberano podía poner fin a ese caos.
Kant coincide con Hobbes en que la guerra tiene raíces en la naturaleza humana: la paz no es lo natural, sino una conquista de la razón y un deber moral. Consideraba la guerra como un recurso de la naturaleza para hacer avanzar a la humanidad, un mecanismo —terrible, sí, pero eficaz— para el progreso. La paz perpetua fue, en el fondo, un intento por romper ese ciclo, de superar definitivamente esa guerra perpetua que caracteriza el horizonte existencial de la humanidad mediante el derecho.
Mientras que Kant ve la guerra como un mal que debe ser erradicado, Hegel, en cambio, la asumió como parte del movimiento de la historia: una fuerza dialéctica que destruye lo viejo para dar paso a lo nuevo. Si bien es destructiva, la guerra es un medio para la resolución de contradicciones dentro de la historia humana. Sirve para destruir los viejos órdenes y permitir la superación hacia nuevas formas de organización que, a su vez, dan lugar a un nuevo nivel de libertad. La guerra convertida en una especie de “destrucción creativa”.