El filósofo que creyó en la fuerza de los argumentos
Kepa Bilbao Ariztimuño (escritor)
La muerte de Jürgen Habermas cierra una de las grandes aventuras intelectuales de la Europa contemporánea. Fue el filósofo que creyó, quizá con una obstinación hoy casi heroica, que convencer era posible. Que la democracia podía sostenerse sobre algo más que el poder, la fuerza o el interés.
El núcleo de su pensamiento —la teoría de la acción comunicativa— se apoyaba en una idea tan sencilla como radical: que la legitimidad democrática nace del mejor argumento y no del poder bruto. En una situación ideal de diálogo, sostenía Habermas, no debería imponerse quien habla más alto ni quien tiene más poder, sino la fuerza del mejor razonamiento.
Europa, con sus instituciones supranacionales y su intento de domesticar los viejos nacionalismos, debía ser la prueba histórica de que ese proyecto era posible. Por eso Habermas fue considerado el gran teórico de la democracia deliberativa: la idea de que la política democrática se legitima mediante la discusión pública y la formación racional de la voluntad colectiva.
Puede parecer una forma de candidez en una época en la que la verdad parece importar cada vez menos y en la que la política se ha convertido a menudo en un combate de identidades, emociones y propaganda. Una ingenuidad intelectual, dirán algunos. Habermas, sin embargo, nunca renunció a esa convicción: el mundo podía mejorar mediante la palabra.
Sus últimos años estuvieron marcados por una cierta melancolía. «Actualmente —confesó— todo aquello a lo que había dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso». Fue una vida consagrada a la reflexión pública, no ajena a la polémica. No siempre tuvo razón. ¿Qué filósofo o filósofa la tiene? Y menos aún quien decide intervenir —y exponerse— durante décadas en el conflicto político de su tiempo.
Como ejemplo —difícil de defender, a mi juicio—, en cuanto a sus posiciones políticas recientes, cabe mencionar su postura sobre Israel. Habermas no aplicó sus propios principios de «acción comunicativa» y dignidad humana universal a las víctimas palestinas con la misma intensidad que a las israelíes. Consideró, además, exageradas las acusaciones de genocidio contra Israel.
Habermas nunca rehuyó los grandes conflictos intelectuales de su tiempo. Uno de ellos fue el debate sobre la memoria del nazismo en Alemania. En los años ochenta, cuando algunos historiadores conservadores intentaban relativizar o “normalizar” el pasado nazi, Habermas intervino con firmeza en la llamada “disputa de los historiadores”. Para él, aquel debate no era solo una cuestión académica, sino un problema moral y político fundamental: cómo podía una sociedad democrática relacionarse con un pasado marcado por el crimen y la barbarie.
De ese contexto surgió una de sus ideas más influyentes: el patriotismo constitucional. Frente al nacionalismo que había conducido a Alemania a dos guerras mundiales, a Hitler y al Holocausto, Habermas propuso reconstruir la identidad política alemana sobre una base distinta: no la pertenencia étnica ni un destino histórico común, sino la adhesión a una constitución democrática y a los valores universales que esta encarna.
Ese patriotismo no se fundamenta en la sangre ni en una cultura homogénea, sino en el compromiso con los derechos humanos, la libertad, la igualdad y las reglas del juego democrático. Es un patriotismo abierto, compatible con el pluralismo cultural y con la coexistencia de diversas formas de vida en sociedades complejas.
Habermas pensaba que, en sociedades cada vez más diversas, la identidad política debía desplazarse del ethnos —la comunidad cultural o nacional entendida como destino— al demos, la comunidad de ciudadanos que se reconocen mutuamente como iguales en derechos.
Sin embargo, tampoco ignoraba el peso de las identidades nacionales. La formación de una identidad política posnacional, advertía, no sustituye completamente a las identidades históricas. Ambas deben convivir. El desafío consiste precisamente en evitar que el sentimiento de pertenencia cultural se imponga sobre la ciudadanía democrática.
Cuando eso ocurre —cuando el ethnos se coloca por encima del demos— la historia suele derivar hacia la exclusión, la asimilación forzada o la represión de quienes no encajan en esa identidad.
Ese debate sobre memoria, identidad y democracia no pertenece solo a Alemania. También resuena en otros países europeos, entre ellos España. Aquí, la constitucionalización de los derechos y libertades llegó tras tres años de guerra civil y cuarenta de dictadura. Pero lo hizo en una sociedad profundamente traumatizada, bajo la sombra de un pasado que durante décadas fue silenciado.
Durante mucho tiempo se practicó una forma de desmemoria pública: se enterró el pasado como si fueran equivalentes la dictadura franquista y la resistencia antifranquista, el golpe militar y la legalidad republicana. No se trata de reabrir heridas por ánimo revanchista, sino de asumir una responsabilidad política y moral con la historia.
Las libertades y derechos de los que hoy disfrutamos no cayeron del cielo ni fueron únicamente el resultado de un consenso abstracto. También fueron fruto de años de lucha, de sacrificio y de sangre.
Habermas insistió siempre en que la democracia necesita algo más que instituciones: necesita memoria, responsabilidad y ciudadanos capaces de pensar críticamente su propio pasado. Solo así puede construirse una comunidad política verdaderamente libre.
La apuesta intelectual de Habermas fue, en el fondo, una apuesta por la razón pública y por la conversación democrática. Confiaba en que la palabra pudiera sustituir a la violencia, que el argumento pudiera imponerse al poder.
Hoy esa confianza puede parecer ingenua. Pero quizá —en un tiempo de ruido, propaganda y polarización— nunca haya sido tan necesaria.