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Europa entre imperios: la autonomía estratégica que nunca llega

Kepa Bilbao Ariztimuño (GARA,naiz.eus. 15-04-26)

Dependiente de los Estados Unidos en seguridad y de China en industria, la Unión Europea afronta el regreso de la geopolítica dura sin instrumentos propios para actuar con verdadera independencia. El mundo entra en una nueva fase histórica marcada por la lógica política simplificada de amigo-enemigo y por la consolidación de grandes espacios imperiales capaces de imponer su propio orden político-jurídico, económico y tecnológico.

Hoy ese sistema se articula fundamentalmente alrededor de dos potencias: los EEUU y China. Rusia, por su parte, intenta reconstruir su esfera de influencia histórica. En este nuevo tablero, la Unión Europea ocupa una posición singular: es una potencia económica relevante que intenta transformarse lentamente en actor geopolítico y militar. A escala regional emergen también actores como India, Arabia Saudí, Israel, Brasil o Indonesia que amplían su protagonismo estratégico.

Un mundo interdependiente, no bipolar. A diferencia de otros momentos de la historia, los grandes espacios imperiales actuales no están separados entre sí. Son profundamente interdependientes. Compiten, pero también comercian, cooperan y comparten cadenas industriales. La llamada «trampa de Tucídides», según la cual el ascenso de una potencia suele provocar un conflicto inevitable con la potencia dominante, no se ha materializado hasta ahora entre los EEUU y China. Pekín mantiene una estrategia de expansión económica global sin acompañarla de una confrontación militar directa con Occidente.

Ni siquiera en escenarios sensibles como Oriente Próximo ha reaccionado con escaladas políticas equivalentes a sus intereses económicos en la región.

China es el principal comprador del petróleo iraní, pero su dependencia energética del Golfo es mucho mayor. Importa tres veces más crudo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar que de Irán, y sus inversiones en infraestructuras, industria y energías renovables en la península arábiga reflejan una estrategia de influencia de largo plazo basada más en la integración económica que en la intervención militar.

Europa, entre tres presiones imperiales. Para Europa, el problema es otro. El continente debe gestionar simultáneamente tres presiones estratégicas distintas: la amenaza militar rusa, la dependencia tecnológica y de seguridad respecto a los EEUU y la creciente competencia industrial de China.

La autonomía estratégica europea sigue siendo, en gran medida, un objetivo retórico. Las dependencias estructurales respecto a Washington son profundas. Europa depende de los EEUU en ámbitos críticos como los servicios en la nube, los sistemas satelitales, las infraestructuras digitales transatlánticas o incluso los sistemas de pago internacionales. En materia energética, la sustitución del gas ruso tras la guerra de Ucrania ha sido compensada en buena parte por importaciones procedentes de los EEUU.

Europa ha cambiado una dependencia por otra. Esta situación limita seriamente su margen de maniobra política y reduce su capacidad para sostener posiciones propias en escenarios internacionales de alta tensión.

Una potencia pensada para la paz, no para la guerra. La Unión Europea no fue concebida como un actor geopolítico clásico. Nació como un proyecto de reconciliación continental y de integración económica destinado a impedir nuevas guerras entre europeos.

Transformarla en una potencia estratégica exigiría reformas institucionales profundas, inversiones masivas en defensa y un consenso político que hoy no existe. Mientras tanto, sus respuestas a las crisis internacionales siguen siendo parciales y fragmentarias.

La otra dependencia. Si la dependencia europea de los EEUU es estructural en seguridad y tecnología, la dependencia respecto a China lo es en industria y transición energética.

China produce el 85% de los paneles solares del mundo, controla la mayor parte del refinado de litio y domina el procesamiento de tierras raras, esenciales para la revolución digital. Incluso sistemas militares occidentales avanzados dependen indirectamente de materiales procesados por la industria china. Además, el liderazgo chino en electrificación global −baterías, almacenamiento energético, minerales críticos− convierte a Pekín en un actor imprescindible para la transición climática mundial.

No existe hoy ningún problema global relevante que pueda resolverse sin la participación de China.

Ciencia, industria y hegemonía tecnológica. La apuesta tecnológica china es igualmente decisiva. Pekín ha situado la inteligencia artificial, la computación cuántica y la energía de fusión nuclear en el centro de su estrategia nacional. Sus inversiones científicas crecen a ritmos que no tienen equivalente en Occidente.

Las previsiones internacionales apuntan a que en 2030 China podría representar cerca del 45% del valor añadido manufacturero mundial, frente al 11% de los EEUU y apenas el 3% de Alemania. No se trata de un cambio coyuntural, sino estructural.

Europa, entre la protección americana y la presión industrial china. El resultado es una paradoja estratégica difícil de resolver. Europa no puede prescindir de los EEUU sin poner en riesgo su seguridad inmediata. Pero tampoco puede desacoplarse de China sin comprometer su base industrial y su transición energética. Esta doble dependencia explica en buena medida su limitada capacidad de actuación internacional y su creciente pérdida de autonomía política. También ayuda a entender su pasividad ante conflictos internacionales que erosionan el derecho internacional y debilitan su credibilidad como actor normativo global.

La pregunta decisiva. La cuestión no es si Europa quiere ser autónoma. La cuestión es si está dispuesta a pagar el precio de serlo. Porque construir autonomía estratégica exige desarrollar capacidades propias en materia de seguridad, infraestructuras tecnológicas soberanas, menor dependencia energética y la aceptación de costes económicos y políticos significativos. Sin esa decisión, Europa seguirá siendo una potencia económica relevante, pero estratégicamente subordinada en un mundo cada vez más organizado alrededor de grandes espacios imperiales.