CUANDO IMPRIMÍAMOS LA LIBERTAD
(Recuerdos de la resistencia antifranquista en Bermeo)
La vietnamita fue probablemente la herramienta de propaganda y agitación más eficaz de la oposición al franquismo. Se trataba de un sencillo artilugio de fabricación casera con el que imprimíamos la mayor parte de los panfletos y octavillas clandestinas de forma silenciosa, rápida, fácil de guardar y barata.
Bastaban cuatro listones de madera, un visillo, un papel encerado en el que se estampaban las letras de una máquina de escribir o los dibujos, y un rodillo para entintar. Con ella podían imprimirse miles de octavillas en poco tiempo y prácticamente cualquiera podía utilizarla.
Militantes políticos, sindicalistas, estudiantes, asociaciones vecinales y grupos antifranquistas recurrieron a este sistema. En Bermeo lo hizo también la Comisión Popular, una plataforma clandestina formada por comisiones estancas de obreros, arrantzales y estudiantes, creada a comienzos de los años setenta.
Aquellos jóvenes —en su mayoría muy jóvenes— mantuvieron viva la llama de la libertad en Bermeo durante los últimos años de la dictadura. Sirvan estas líneas como homenaje a su intensa labor de organización, reivindicación, agitación y propaganda antifranquista.
En las imágenes que acompañan a esta entrada pueden verse varios números de HERRI BORROKA, portavoz de la Comisión Popular de Bermeo. El primer número apareció en julio de 1973. Todavía conservo algunos de aquellos ejemplares clandestinos. Son pequeños fragmentos de una historia colectiva de lucha por las libertades que merece ser recordada.
Tener una vietnamita en casa, repartir octavillas o ser detenido en un “salto” podía acarrear graves consecuencias. El régimen consideraba estas actividades delitos contra la seguridad del Estado. Muchas causas eran juzgadas por tribunales especiales o por el temido Tribunal de Orden Público, y las condenas podían alcanzar varios años de prisión.
En Bermeo y Busturialdea, la represión tenía uno de sus principales centros en el cuartel de la Guardia Civil de Gernika-Lumo, bajo el mando del capitán Manuel Hidalgo Salas. Antes de comparecer ante el juez, muchos detenidos sufrían violentos interrogatorios destinados a descubrir dónde se encontraba la máquina y quiénes participaban en las campañas de propaganda clandestina (Véase Txato Echaniz, Aldaba 133, “El último estado de excepción (Primavera-Verano de 1975)”.
Pero imprimir era solo la mitad del trabajo. El verdadero desafío consistía en distribuir las octavillas, buzonearlas casa por casa sin ser reconocidos o participar en los llamados “saltos”, manifestaciones relámpago en las que se lanzaban panfletos al aire mientras se gritaban consignas antifranquistas. Duraban apenas unos minutos. Antes de que la Guardia Civil o la policía secreta reaccionaran, ya nos habíamos dispersado entre la multitud. Todavía recuerdo algunos de aquellos saltos en La Lamera, al atardecer, cuando el parque estaba lleno de cuadrillas de txikiteros, o en las calles de arriba del pueblo.
Han pasado más de cincuenta años. Recordar hoy aquellas pequeñas historias de resistencia es también una forma de rendir homenaje a quienes, desde el anonimato, contribuyeron a conquistar las libertades de las que ahora disfrutamos.
Publicado en facebook el 18 de julio de 2026